miércoles, 7 de septiembre de 2016

Poemas de Carina Sedevich

BREVE ANTOLOGÍA POÉTICA


Carina Sedevich 




Con una gota de agua puede empezar el invierno

*

Un hombre pasa a mi lado.
Se te parece.
Fuma.
Es de piedra mojada
el paño gris de su saco.
Huele a sombra de pino
su barba pura.  
  
*

Sonrío en mi falaz evocación.
La escarcha vive cuando el sol la tornasola.




La eufórica luz de los membrillos



1

Alcancé tu mano por primera vez
como una niña
tocaría un membrillo entre las ramas.
Cítrica, cruda,
era la ofrenda de tu mano muda.


2

Porque esa noche pude tocar tu mano
hoy que vuelve la escarcha
yo me amparo
en la eufórica luz de los membrillos.


3

Quiero abrazar un arpa y que sus cuerdas
dejen caer las voces de los pájaros
que merodean el árbol de membrillos.


4

-Y si un membrillo por azar se cae
podré mirarlo como miré tu mano:
aquella dulce materia sobrehumana.-


5

Existe una manera limpia
en cada gesto de tus manos finas.
Miro con pena como el aire oxida
la carne dura del membrillo roto.


6

Tarde de octubre. Fascinada 
-bajo el lapacho que arrasó el granizo-
en una oración por el membrillo
repito el fragor del amarillo.



Poemas del libro Un cardo ruso (Ediciones del Movimiento, Maracaibo, Venezuela, 2016 /  Alción Editora, Córdoba, Argentina, 2016)





Canción de cuna
                                                                                                                                                                                 Para Isabella


Escuché los latidos en el vientre de mi hermana.
Fueron corcheas, apenas: do, do, do.

Afuera ya se dormían los tordos entre los álamos.
Dormía el calor de mayo. Pero nuestra sangre no.

Un silencio rodó lento, como ruedan los destinos.
Rodó como rueda un canto: sol, sol, sol.



Amor



De una materia turbia y demorada
son los días.

La ternura es posible
y la tristeza
un pan administrado con justicia.



Poemas del libro Klimt  (Suburbia Ediciones, Gijón, España, 2015 / Club Hem Editores, 
La Plata, Argentina, 2015)






Unas láminas de sarro se desprenden

y golpean las paredes de mi jarra.

Pienso en brillantes filamentos de mica
ocultos en la arena de los ríos.

Pienso en las mangas mojadas
que los poetas chinos
prefieren nombrar para no hablar
de sus lágrimas.



Poema del libro Gibraltar (Dínamo Poético Editorial, Córdoba, Argentina, 2015) 





Antonia era mi abuela

Tu mujer quiere llamar a tu hija Antonia
y no sabe que Antonia era mi abuela
que además heredaba el nombre de su madre
 para dárselo también a la menor de sus hijas.

Antonia era mi seudónimo
en los concursos de poemas.

Te recuerdo que mi abuela Antonia
se murió de tristeza
el año antes de que yo naciera.
Te recuerdo que era pobre y era enferma.

Te recuerdo que yo escribo desde mi caverna
como un hombre viejo:
que sólo el vino me anima
y la soledad me da paz.

Te recuerdo que perdimos a Mateo
y que cuando sangré tu última hija
Antonia era uno de sus nombres.
Te recuerdo que me dejaste sola
con mi sangre de Antonia
una mañana.

Llamala Antonia como en una novela.
Y acunala. Llamala Antonia en la plaza
y en la escuela. Y retala: “¡Antonia, no hagas eso!”
“¡Comé, Antonia!”, “¡Antonia, se hace tarde!”.
Tengo toda su vida en mi cabeza.

Porque Antonia era mía: era bisnieta
de aquella Antonia que bordaba.
Era nieta de mi madre, que te extraña
todavía.
Era hija de la loca que escribía.

Llamala Antonia, que será justicia.
Justicia de mis muertos que la esperan.
Justicia de la vida que la trajo.
Justicia para este pobre poema.

 Poema del libro Escribió Dickinson (Alción Editora, Córdoba, Argentina, 2014) 


jueves, 25 de agosto de 2016

Un amor incompleto, cuento de Alberto Julián Pérez


                                                                              Un amor incompleto

Escritor y ensayista argentino

Amantes de Francisco Urquizo
Patricio Torres Agüero vivía con su mujer Verónica Vacareza en un amplio departamento del exclusivo Puerto Madero, en Juana Manso y Azucena Villaflor. Era dueño de una empresa financiera y, además, herencia de familia, una estancia en Carmen de Areco, no muy lejos de la Capital. Era un hombre de mundo, un miembro de la alta burguesía porteña. Estaba próximo a cumplir cuarenta años. Había viajado por Europa y Estados Unidos. Había salido con muchas mujeres hermosas de Buenos Aires. Le gustaban los coches deportivos y los caballos de salto. Los sábados era infaltable en el Club Hípico. Su mujer, quién lo ignoraba, era una belleza. Era modelo exclusiva de Christian Dior. Tenía veintiséis años. Alta, espigada, de pelo castaño, era admirada en todo Buenos Aires. Tenían una relación excelente. Ella era maravillosa en la cama. Sabemos lo que eso significa para un hombre como Patricio: vanidoso, inteligente, mimado por la fortuna. El se jactaba de provenir de una antigua familia criolla y no de inmigrantes aventureros, judíos o italianos, como muchos de los que estaban en el mundo de las finanzas. Había alquilado su estancia a una firma ganadera internacional. De la antigua élite conservaba, por nostalgia, su afición a los caballos. Era seductor y mujeriego, y prefería las argentinas de origen italiano a las chicas de buen apellido de la oligarquía de Barrio Norte. Eran simplemente más hermosas, y sabían convencer de mil maneras, con su charla, su sonrisa y sus habilidades eróticas. Sobre todo cuando se encontraban con un hombre como él, que lo tenía todo, y al que todas las mujeres jóvenes y atractivas querían hacer pasar por su cama.
                A Verónica no le preocupaba su fama de seductor. Se había conquistado al hombre más deseado de Buenos Aires. Las otras modelos la envidiaban, y las que no eran modelos veían a Patricio como el hombre inalcanzable. Ella era más vanidosa que él, se pasaba el día en el gimnasio, el salón de belleza y las pasarelas. Se hacía traer toda su ropa de París. Era el estilo de vida que se podía permitir una mujer casada con un financista de éxito, que gozaba de la confianza de la clase política y tenía un excelente crédito internacional.
Estaba dedicada a su profesión y aparecía con frecuencia en las revistas de modas. Cuidaba obsesivamente su figura y no quería, por un buen tiempo, tener hijos. Le arruinarían las curvas exquisitas de su cuerpo. No se imaginaba la flacidez en el vientre, las ojeras, la lactancia. Puerto Madero era el lugar ideal para ellos, y eran bien queridos y reconocidos por los residentes. Allí vivían políticos, inversionistas, estrellas del fútbol, modelos, vedettes. Era un estilo de vida diferente, nuevo, internacional. Verónica, debemos admitir, era una mujer algo infantil, aniñada. Su marido la consentía y ella esperaba estar rodeada siempre de admiradores y sirvientes. Deseaba, como muchas modelos, mejorar el mundo: le gustaban las flores, los niños, los animales. Quería involucrarse en proyectos de beneficencia y trabajos de caridad.
Tenían una sirvienta o, como es correcto decir, una empleada doméstica, que los atendía con solicitud. Irupé trabajaba seis horas al día en lugar de ocho, gracias a Patricio, que sabía que Irupé era una joven madre, con niños que atender, y le redujo, sin bajarle el sueldo, sus horas de trabajo. Tenía veintiocho años y, dada su condición, poseía una buena figura. No era bonita o, en todo caso, no se arreglaba como las jóvenes que querían ser bonitas, pero era atractiva y dulce. Tenía dos hijos: una adolescente de doce años y un varón de nueve. Se había casado muy joven y vivía con su marido, que era guardia de seguridad de un supermercado, en la Villa 31 de Retiro.
Un día, Verónica, que tenía bastante tiempo libre, le preguntó sobre la situación de los niños en la Villa, si tenían escuelas y había comedores para los más pobres. Irupé le dijo que sí, estaban bien organizados, había varias escuelas y comedores, pero la ayuda nunca alcanzaba porque la necesidad era grande. La invitó, si quería, a ir un día con ella. Verónica no había estado jamás dentro de una villa miseria, como la mayoría de los argentinos de clase media o alta, y sentía curiosidad. Aceptó. Fueron en su coche, un BMW con vidrios polarizados. Las condujo Braulio, el chofer de Patricio, que era además el guardaespaldas de la familia. Braulio era un conocido karateca de Buenos Aires. Estacionó el auto a la entrada de la villa y ella quedó en llamarlo si algo ocurría. Por supuesto que no hubo ningún problema. Irupé llevó a Verónica a recorrer el barrio. Visitaron la capilla, el comedor infantil, la escuelita, el dispensario médico. Verónica, muy amablemente, saludaba a todos los que Irupé le presentaba. La trataron con mucho respeto.
Verónica les cayó bien a todos. Era una chica bella y carismática, y su interés en la gente era genuino. Se sintió un poco incómoda por la suciedad de algunos callejones y el mal olor que salía de las aguas servidas, pero lo soportó sin decir nada. Saludó al cura y a las madres del comedor. Se había aclarado el color del pelo no hacía mucho, y su cabello rubio atraía a los chicos, que la querían tocar. Además, tenía cara de muñeca. Se había puesto un abrigo, para que su figura no llamara la atención. Un chico le gritó “Evita” y los demás se rieron. Verónica los saludó, divertida por la situación.
Cuando esa tarde regresó a su casa, Verónica se puso a pensar en las cosas que había visto. La visita la había afectado profundamente. Una cosa era escuchar hablar de la pobreza, y otra muy distinta era verle la cara. Los rostros de los niños pobres la habían golpeado y, en medio de sus privilegios, se sentía mal. Por la noche habló con su marido que, preocupado, le dijo que por qué había ido allá, que iba a hablar con Irupé, debería haberlo consultado a él antes. Verónica se lo prohibió, le dijo que Irupé era una persona buena y compasiva y que ella no se había dado cuenta hasta ese momento de lo mucho que valía. Patricio le preguntó si había conocido su casa. Dijo que no y que más adelante lo haría.
Días después Irupé la invitó a tomar mate cocido con facturas con sus hijos en su casa. Fueron a buscar a los chicos a la escuela de la villa, un edificio de dos plantas que aún no había sido terminado de revocar y pintar. Sus hijos eran lindos, de piel bastante oscura. Le dijo que su marido era un hombre morocho, del Chaco. Su casa era en realidad una casilla. Ocupaba la planta baja de un edificio de cinco casillas, construidas de manera irregular una sobre otra. Se subía a los pisos de arriba por una escalera de caracol de hierro externa, poco sólida. La casilla de Irupé constaba de un cuarto bastante grande y baño. El baño no tenía puerta. Le había colocado una cortina de tela. Al fondo había una pileta de lavar, una heladera vieja y una mesada, sobre la cual había unas hornallas para cocinar, conectadas a un tubo de plástico que salía al exterior, donde tenía una garrafa de gas. En la pared, encima de la cocina, había un ventiluz que daba a la calle. La puerta de la casilla era de metal. En esa época del año, comienzos del otoño, aún no hacía frío, pero seguramente necesitaría una buena calefacción en el invierno. Verónica comprendió que la familia entera vivía en ese cuarto, que le servía de cocina, comedor y dormitorio. Habían colocado una cortina de tela que dividía el espacio en dos, y detrás de la cortina estaban los lechos donde dormían todos.
Se sentaron a la mesa. Irupé preparó mate cocido y Verónica abrió un paquete gigante de exquisitas facturas, que había comprado en una confitería de Puerto Madero y los niños devoraron con fruición. Irupé le dijo que esa “casa” no era suya aún pero la estaban comprando. Pagaban una cantidad de dinero todos los meses a un puntero político, que era el dueño de la casilla. Dijo que estaban muy cómodos, todo les quedaba céntrico, la gente del barrio los trataba bien. Hacía cinco años que vivían allí. Antes habían vivido en una pensión en Constitución. Ahora estaban mucho mejor.
Verónica le dijo que le gustaría hacer trabajo voluntario en la comunidad. Se ofreció a trabajar en el comedor para chicos los días miércoles. Ese día no tenía ensayo de pasarela, ni sesiones de entrenamiento en Christian Dior. Le agradeció a Irupé la invitación, se despidió de los chicos y regresó a su departamento.
Al día siguiente Irupé habló con las madres que trabajaban en el comedor y aceptaron encantadas. Verónica le avisó a su marido que iba a ir a la villa miseria a hacer trabajo voluntario los días miércoles. Este se alarmó bastante, pero al ver que su  voluntad era inquebrantable, le pidió que fuera con el chofer, y que éste la esperara frente al comedor.
Braulio se metía en la villa con el BMW y lo estacionaba frente al comedor. Los chicos salían a mirar el auto. Un día le preguntaron a Braulio si estaba armado y éste les mostró la 9 mm que cargaba en la sobaquera. Los niños la observaron con interés. Estaban acostumbrados a ver gente armada en la villa. Las señoras del comedor trataban a Verónica con cariño y la miraban con admiración. Sabían quién era. Pusieron en la pared del local una tapa de revista en que aparecía ella con un vestido negro muy hermoso. Un día fue al comedor con una falda muy cortita y acampanada, y un chico le dijo que era el Hada Buena. Ella servía la comida y le encantaba ver las caras de alegría de los pibes al ir a sentarse a la mesa con su plato de comida caliente. La comida era bastante buena. El plato más típico era el guiso de carne y papa. El comedor recibía donaciones de los supermercados de Retiro. El puntero peronista del barrio había conseguido una asignación de dinero para el comedor, con la que compraban bebidas gaseosas, que a los niños les encantaban, y otras cosas. Ese dinero ayudaba a mantener todo funcionando normalmente.
Patricio sabía que su mujer era algo exótica, pero sus visitas a la villa lo tenían preocupado. Un día le dijo que celebraba el amor que sentía por los niños, y que esperaba alguna vez tener hijos con ella y formar una familia. Les sería muy fácil criarlos, dada la posición económica ventajosa que tenían. Ella lo miró algo incómoda y le respondió que no era el momento. Amaba a los niños, pero estaba concentrada en su carrera y el día que finalmente tuviera hijos quería estar en su casa para criarlos ella, y no que los atendiera un ama. En unos años más posiblemente estaría preparada, pero en esos momentos quería trabajar. Se proponía ser la modelo más importante de la compañía. Quería conquistar las pasarelas de Europa. Pancho Dotto, que la representaba, le había dicho que esa temporada tendría una serie de desfiles muy importantes en París.
Verónica pasaba cada vez más tiempo fuera y, muchas veces, cuando Patricio regresaba al departamento ella no estaba allí. Había ido a un vernissage, o a una recepción, o a una clase de modelaje o de yoga, o estaba en las sesiones de masaje o en el salón de belleza. Ultimamente Patricio veía más a Irupé que a su mujer. Patricio era dueño y jefe de su compañía y su horario de trabajo era bastante irregular. Algunos días volvía al departamento por la tarde temprano y otros tenía que estar en reuniones hasta la noche. El mundo de las finanzas no tenía un horario fijo, mandaban los clientes y las situaciones. Era un mundo lleno de conflictos y desafíos, que él amaba.
Patricio siempre había considerado a Irupé una persona interesante. Lo atendía, le preparaba café. Le hablaba con amabilidad y dulzura. Ocasionalmente él le preguntaba cosas sobre ella. Se empezó a interesar en sus hijos, en su familia. Irupé le contó detalles de su infancia. Su madre era paraguaya y su padre correntino. Se había criado en Isidro Casanova, en el Gran Buenos Aires. Su mamá le hablaba en Guaraní cuando era niña. Ella podía hablarlo, pero no se lo había enseñado a sus hijos. Patricio le pidió que le enseñara algunas palabras de Guaraní. Le dijo que árbol se decía “ibirá”, arena “ivikuí”, madre “sy”. Le llamó la atención que madre se dijera “sy”, era casi como “sí” en castellano. Patricio le contó sobre su madre. Le dijo que era una persona con mucha autoridad, se había criado en las Lomas de San Isidro. Hablaba poco con ella, y nunca estaba con él cuando jugaba. Lo cuidaban dos amas, y tenía dos tutoras. De chiquito le habían enseñado el inglés, la lengua de los negocios. Irupé lo escuchaba con interés y a todo le decía que sí. Tenía unos ojos negros profundos y, cuando él la miraba, bajaba la vista, avergonzada.
Le preparaba algunos platos populares que a él le gustaban: pastel de choclo, tapa de asado con papas, empanadas. Un día le hizo un plato del que no había oído hablar nunca. Dijo que se llamaba “falso conejo”, y no tenía conejo. Era un guiso de carne y arroz con bastante picante. Muy rico. Era un plato andino popular en la villa. Allá había muchas señoras de Perú y Bolivia que cocinaban muy bien.
Patricio se empezó a sentir solo. Tenía mucha presión en su trabajo. El mercado financiero era muy inestable. En Argentina nunca se sabía bien lo que pasaba. El tenía inversiones en paraísos fiscales por las dudas. La gente del gobierno quería controlar todo. Había días que estaba muy nervioso e inseguro. Empezó a sentir que no le interesaba a su mujer. Estaba obsesionada con la moda, con el cuerpo, con las apariencias, consigo misma. Todo giraba alrededor de ella. El mundo terminaba en ella. Y ahora había descubierto el dolor y la pobreza. Cada vez pasaba más tiempo en la Villa. Le encantaban los chicos, pero no quería tener chicos, al menos con él. Empezó a pensar que quizá no lo quería.
Un día, sin saber bien lo que hacía, abrazó a Irupé. Al principio no la besó. Era su sirvienta. Simplemente la abrazó. Irupé no se resistió. Le puso los brazos alrededor del cuerpo. Fue una escena tierna. La miró y ella no le sacó la vista. Se sintió estúpido. Luego, casi cerrando los ojos, la besó. Fue el beso más tierno que había dado en su vida. Pasaron al dormitorio y la empezó a acariciar. La desvistió. Irupé lo dejó hacer, sin moverse mucho. Sentía vergüenza. El la acarició lentamente. Fue como un juego. No sabía bien por qué lo hacía. Le besó el vientre. Ella le apoyó una mano en la cabeza y él sintió una paz enorme. Sintió su bondad. Era algo que no había experimentado nunca: bondad. Vivía en un mundo de gente cruel y ambiciosa, donde no existía la bondad. Ella se dejó penetrar, pero sin mostrar pasión. Era casi como hacer el amor con una esposa de muchos años. Muy diferente a lo que pasaba con Verónica en la cama, que se retorcía, gritaba y se desesperaba, o lo fingía, como una puta. Aquí no había ninguna “performance”, era una situación humana. Tan humana que se sintió desarmado. A ella, cuando se vino, se le humedecieron los ojos. Le había pasado algo muy lindo. El se sintió incómodo, ridículo. Pero ya estaba hecho. Se levantó, se visitó y siguió hablando con Irupé como si esa hubiera sido una situación normal, cotidiana.
Esa noche Verónica le dijo que quería empezar una escuela de modelos en la Villa. Había chicas interesantísimas, muy sexis. Le preguntó si quería invertir en el proyecto, eran mujeres distintas. Así podrían ayudar a la gente. El le dijo que estaba bien, que hiciera lo que quisiera.
La situación con Irupé se repitió varias veces. Ella llegaba por la mañana y hacía las cosas de la casa. El trataba de volver de la oficina a las dos de la tarde. Verónica a esa hora nunca estaba. Irupé le daba de comer algo ligero, tomaban juntos un vaso de vino y después hacían el amor. Era casi como en un matrimonio. Todo muy tranquilo, sin sobresaltos. Ella le preguntaba por su día de trabajo. El le contaba y eso lo hacía sentir bien, era mejor que ir al psicólogo.
La relación sexual con Irupé empezó a ir cada vez mejor. El se venía varias veces y ella también. Después del acto se sentía incómodo. Se preguntó cómo iba a salir de esa situación. Un día le preguntó que qué sentía por él, si lo quería. Irupé bajó la vista y evitó contestar. Le dijo si lo dejaría a su marido por él. Ella le respondió que no. Le preguntó por qué. Le dijo que era su marido, que no lo podía dejar.
A pesar que ella no aceptaba que él le regalara dinero, le dobló el salario. Ella se lo agradeció. Patricio se empezó a sentir celoso. Esa mujer tan simple sabía tan bien lo que quería. Sabía lo que valían las cosas, entendía el lenguaje del amor y de los sentimientos mejor que él. Se sintió pobre. Empezó a sentir curiosidad por Irupé, quería saber más de su vida. Lo convenció a Braulio, su chofer, que lo llevara a la Villa 31 para ver donde vivía. Se vistieron con ropa vieja para pasar por villeros. Dejaron el auto en un estacionamiento en Retiro y se metieron a pie. Braulio, precavido, cargó su 9 mm, por cualquier cosa. Lo guio hasta cerca de la casilla de Irupé. Eran las siete y media de la tarde. Le dijo que el marido volvía a esa hora del trabajo. Dentro de la casilla había luz. A media cuadra había un quiosco en el que vendían comidas. Se sentaron y pidieron dos cervezas. El quiosquero les ofreció salchipapas. Aceptaron, estaban sabrosas. Finalmente pasó un hombre bastante corpulento cerca de ellos. Era moreno, de pelo renegrido. Braulio le dijo que ése era el marido de Irupé. Entró en la casilla. Pagaron y se acercaron. A través del ventiluz Patricio pudo ver dentro. Se habían sentado a la mesa. Irupé estaba sirviendo fideos de una fuente. Los chicos se reían. Los vio felices. Se fueron. Regresaron a Retiro y se subieron al BMW.
Esa noche Patricio hizo el amor con su mujer. Le insistió otra vez que debían tener un hijo juntos. Verónica estaba fastidiada. Le dijo que era un egoísta, que no pensaba en su carrera. Se durmieron. Patricio soñó con Irupé. La vio en un paisaje lacustre, de esteros. Estaba desnuda y lo llamaba desde una especie de isla. Había flores blancas que flotaban en el agua y muchos pájaros que volaban alrededor. Irupé tomó una flor blanca y se la puso en la negra cabellera. Le sonreía y lo llamaba. La veía hermosa. Patricio se despertó sobresaltado. Estaba angustiado. Se dio cuenta que se había enamorado.
La relación con Verónica empezó a ir cada vez peor. Evitaban verse y hablarse. Hacían el amor con muy poca pasión. Patricio se llevaba cada vez mejor con Irupé. Volvía contento a su casa a las dos de la tarde para verla. Apenas llegaba se besaban tiernamente, como viejos amantes. Sentía que no podía mantener esa relación oculta mucho más tiempo. Se sentía ridículo, sabía que todos se burlarían de él. Le pidió a Irupé que se divorciara de su marido y se fuera a vivir con él, él le educaría a sus hijos, la iba a cuidar. Irupé, sin dudarlo, le dijo que no podía. Ella estaba casada, bien o mal esa era su vida. Le dijo que si la quería tanto se fuera a vivir a la villa, para estar más cerca de ella. El le sonrió y le hizo un chiste.
Verónica lo veía cada vez más indiferente y agresivo, y le preguntó qué era lo que le pasaba. Le pidió que le dijera si ya no la quería. Le respondió que no era eso, pero que a veces sentía que ese matrimonio era incompleto, le faltaban cosas. “¿Qué?”, le preguntó Verónica. “Hijos”, le respondió Patricio. “Yo no quiero ser madre por ahora”, le dijo Verónica. Patricio la miró con rabia y la acusó de narcisista y ella, por primera vez en su vida, lo abofeteó. Por varios días no se hablaron. Al tiempo notó que ella regresaba más tarde por las noches. Verónica se estaba desenganchando de la relación. Un día la descubrió muy acurrucadita en un café con un economista que trabajaba en el Ministerio, y que era reconocido por su trayectoria dentro de la política. Militaba en el PRO y tenía buenas posibilidades de ser candidato a diputado por la capital en las próximas elecciones. Vivía en Puerto Madero, no muy lejos de donde vivían ellos. Finalmente Patricio le propuso que se separaran temporalmente, o de lo contrario el matrimonio acabaría por arruinarse del todo. Les hacía falta pensar las cosas. Alquiló un departamento en una torre de Puerto Madero y le preguntó si quería irse ella a vivir allí por un tiempo o se iba él. Ella prefirió irse y cambiar de sitio.
Patricio continuó con su trabajo y sus actividades. Ahora vivía solo en su departamento de Puerto Madero. Todos los días venía Irupé a atenderlo y hacían el amor. Se sentía cómodo. Empezó a leer otra vez. Hacía tiempo que no leía novelas. Comenzó 2666 de Bolaño, se la habían recomendado. El libro le fascinó. Poco después Verónica le pidió que le aumentara la cantidad de dinero que le pasaba mensualmente, lo que le daba no le alcanzaba. Tenía que mantener su estilo de vida y necesitaba más dinero. Se dio cuenta que lo estaba chantajeando. Seguro que era el economista que la asesoraba. No le importó. Estaba enamorado de Irupé y se sentía feliz.
Pasaron una temporada excelente. Irupé y él almorzaban todos los días juntos y hacían el amor. Por las noches ella regresaba a su casa en la villa, a atender a su familia. Finalmente, comprendió que se tendría que divorciar de Verónica y que el divorcio le iba a costar caro. Verónica era ambiciosa. Se lo planteó y ella le dijo que por culpa de él su carrera de modelo no había progresado como ella esperaba y que la tendría que compensar. El lo aceptó, no tenía otra salida, lo que pasaba era su culpa. Por suerte tenía suficiente dinero. Se había casado con la mujer equivocada, perdería parte de la fortuna de su familia. Iniciaron los trámites de divorcio.
Ya no aguantaba vivir en Puerto Madero. Su sensibilidad había cambiado. Sintió que era un barrio de gente frívola, oportunista. Políticos corruptos, vedettes a la caza de empresarios, banqueros enriquecidos con el erario público, jefes de empresas multinacionales, botineras en busca de fortuna, estrellas del deporte que ganaban millones. Le dijo a Verónica que se quedara con el departamento de Puerto Madero como parte del juicio de divorcio. Compró un caserón antiguo en Palermo Hollywood y lo hizo refaccionar. Creyó que en ese barrio bohemio iba a sentirse bien y no se equivocó. La gente allí era más sensible al arte. Ahí vivía la clase media, los descendientes de los españoles e italianos que hicieron de Argentina un país progresista, los hijos de los judíos que ejercían sus profesiones y su comercio. Le encantaba salir a caminar por el barrio y comer afuera. Iba seguido a la Plaza Cortázar. Irupé seguía visitándolo. Lo cuidaba, le cocinaba. El le dijo que era su amante oficial. Le dejó elegir los muebles nuevos. Ella estaba contenta, la casa le encantaba. El le aumentó su salario, ya ganaba casi casi como una gerente. Ella le dijo que era demasiado. El le respondió que tenía que justificar las horas de ausencia de su casa.
El divorcio con Verónica concluyó. Le tendría que pasar una suma mensual elevada como derecho de alimentación, cederle el departamento y darle un porcentaje de las acciones de su empresa. Irupé se volvió una amante mucho más apasionada. Sabía que él estaba solo y eso la estimulaba. De su esposo hablaba poco. Le dijo que iba una vecina a su casa por las tardes para ayudar a los chicos con las tareas de la escuela. Ella le pagaba, sentía que tenía a sus hijos un poco abandonados. Un día le dijo que estaba embarazada y el hijo era de él. Patricio se sintió feliz. Le pidió que se separara y se viniera a vivir a su casa. Ella le explicó que no le podía hacer eso a su marido. El ya sabía que estaba embarazada y creía que era su hijo.
A medida que progresaba el embarazo Irupé iba cada vez menos a trabajar. Finalmente le dijo que la relación no podía seguir. No iba a venir más a verlo. Quería regresar con su marido y sus hijos, sentía que era lo correcto para ella. Lo dejó.
Patricio se sintió mal, estaba confundido. Un amigo le recomendó visitar a un psicólogo que vivía en Villa Freud. Se refugió en el trabajo. Su psicólogo le dijo que había estado casado con la mujer equivocada. Era un hombre muy dependiente, tenía carencias afectivas que arrastraba desde la infancia, le había hecho mucho daño la relación fría y distante que mantenía con su madre. Necesitaba una relación íntima con una mujer que lo quisiera tiernamente, que fuera maternal, que deseara tener una familia con él.
En la oficina empezó a fijarse en una secretaria, algo gordita pero de un rostro muy bello. Hacía un tiempo que trabajaba en la empresa. La invitó a salir. Cenaron. Descubrieron que tenían mucho en común. Era estudiante de Letras y quería ser escritora. Le encantaban los niños y soñaba con tener una familia y, sobre todo, ser feliz. Se pusieron de novio y la relación fue muy bien. El ya no quería esperar, estaba cansado de vivir solo. Le propuso casamiento. Hicieron una ceremonia bastante íntima, con los familiares y amigos más cercanos. Al tiempo, Victoria, su esposa, quedó embarazada. Nació una nena muy bella, le pusieron de nombre Silvina.
Un día, cuando iba a su trabajo a Puerto Madero, vio por la calle a Irupé. Iba con el bebé en brazos, su nuevo bebé. La saludó. El niño tenía la cara de él. Le había puesto de nombre Patricio. La invitó a tomar algo. Estaba embelesado con el niño. Le pidió por favor que volviera a visitarlo a su casa, quería verla con frecuencia y estar con su hijo. Ella aceptó trabajar como empleada doméstica en su casa dos días por semana. Iba con el bebé. Cuando su mujer estaba trabajando en la oficina, hacían el amor. Victoria dejaba a Silvina con su mamá.
Una tarde, después del trabajo, estaban Patricio y su esposa en familia, disfrutando y jugando con la beba, cuando oyeron el timbre. El fue a abrir la puerta y se encontró con Verónica. Venía a visitarlos con su nuevo marido. Los hizo pasar. Ella se disculpó por todos los malos momentos que habían pasado durante el divorcio. Se daba cuenta que ellos no eran personas compatibles, pero reconocía que él era un hombre bueno. Su marido, Ricardo Salvatierra, había dejado el Ministerio de Economía y estaba enteramente dedicado a la política. Se había ido del PRO, etapa suya que consideraba un error. Lo habían mal aconsejado algunos familiares suyos reaccionarios. Se había pasado al Peronismo. Ella militaba con él. Ricardo era candidato a diputado en las próximas elecciones. Verónica continuaba trabajando en la Villa 31, con la academia de modelos. La Academia había sido declarada por el gobierno de “interés cultural”. Ella había salido elegida la “modelo del año” del Peronismo y la habían felicitado por su defensa de los pobres. Habían adoptado una parejita de niños recién nacidos de la villa. Eran dos chicos morenitos, de raza indígena. Ella les dijo que estaba ayudando a su marido en la campaña y los invitó a que los apoyaran. Los felicitó por la niña preciosa que tenían.

En ese momento llegó Irupé, que había quedado en venir para servirles la cena. Los invitaron a comer. Irupé los atendió. Mientras servía la cena, ella y Patricio se miraban con ternura. Verónica le preguntó cuál era la lección más importante que había aprendido durante el tiempo que habían vivido juntos, y Patricio le respondió que se había dado cuenta que el dinero no era lo más importante en la vida. 

lunes, 22 de agosto de 2016

Poemas inéditos de Porfirio Mamani


Poemas del libro inédito: Solo soy un hombre-Odas y Plegarias



Porfirio Mamani
POR EL PERÚ DEL MUNDO

La lampa es la agricultura,
la agricultura es la tierra
y la tierra es la vida.

Hay que defender la tierra,
nuestra tierra peruana,
los valles, los montes y montañas.

Adelante Perú,
siempre adelante  peruano,
peruano del mundo,
defiende el Perú para los peruanos.

Ya es tiempo ahora peruano,
para recuperar el Perú,
recuperar sus suelos y sus aires.

Hay tantos peruanos en la miseria,
y tanta riqueza vilmente robada,
y tanta desgracia en los ríos y las plantas.

Levántate peruano con una Lampa
para cultivar la tierra y tu alma
y limpiar la basura y la miseria
que ha crecido en tu noble casa.

Están muriendo los pájaros y los niños,
sus sueños y sus padres envenenados,
por el aire de las minas y la mano negra
que sale del petróleo y sombras extranjeras.

Ya es hora de dar el grito,
para defender la vida
la vida de los niños que vivirán mañana.

Cómo decirle no al niño,
que nace y camina sobre hierba herida,
a las plantas que crecen con dolor en los prados.

Levántate peruano del Perú,
para decirle no al indeseable viento
que lo contamina todo.

Adelante, siempre adelante por el Perú
del mañana, del futuro
de los niños  y los sueños y las plantas.

Adelante Perú de mi corazón.
Vuelve a la vida.
Límpiate los ojos,
para  ver la desgracia en la que vives,
teniendo la madre tierra, herida
los ríos y los valles, heridos,
las ciudades y los hombres, contaminados.

Adelante,
siempre adelante peruano,
peruano del Perú por el Perú,
nuestro Perú del mundo.

París 5-3-16



Señor presidente, ¡Conga no va!
                                                                      
Hasta dónde vamos a matar la tierra,
el aire, la semilla y el campo que nos nutre.
Dónde irá la lluvia,
dónde los niños que no podrán beber el agua,
que del cielo nos ofrece Dios.
 No hay más hondo lamento de la tierra,
cuando me matan un árbol,
me aplanan una montaña,
cuando el polvo negro sube y sube,
hacia las colinas como bandera de la muerte.
Dejad la Tierra a la Tierra,
el agua que nutre las montañas,
los pájaros, las plantas y los hombres.
La piedra, cuyo corazón me muestra,
me muestra también su dolor,
su miedo, su terror de verse triturada.
Cómo vamos a matar las venas de la tierra,
las lágrimas del niño con su madre,
al oír el ruido de las máquinas,
que a destruir se acercan, su pradera,
sus lagos; a contaminar sus ríos,
a contaminar la tierra, a destripar la tierra.
Pensad en el fruto que nos da la tierra,
no en el oro ni el fierro,
que otros, como ayer, se llevarán.
Entonces nada quedará,
ni la vida ni el agua,
ni la paloma ni el canto.
Qué dirán de nosotros, los pájaros del campo,
mañana cuando salga el sol,
cuando hayamos regresado al polvo,
al polvo del olvido o del recuerdo.
Dejad que el agua nutra,
los pasos de la gente,
aquella que vivió siglos y caminos,
aquella que defendió la tierra,
como hoy cuando grita
hacia las nubes,
hacia el silencio de la noche.
Cómo vas a dejar,
que otras manos,
les arranquen la vida,
el sustento de la vida,
si tan solo desean vivir,
como vivieron sus ancestros,
en armonía con el aire y la tierra,
con las montañas y las venas de la tierra.
Escuchad el grito de la madre tierra,
el grito que del pueblo sale.
Límpiate los ojos para ver,
los lagos que no deseas ver,
y la lumbre que brota en cada amanecer.
Entonces habrá un ruido,
clamoroso como un trueno.
Serán los gemidos de la tierra,
ya herida; del río, ya herido.
Que las praderas y los lagos queden,
ahí donde los dejó el Señor.
Cómo vais a decirle no a la hierba,
al trigo, a los frutos de la tierra,
a los pasos del niño que empieza a caminar.
NO, señor presidente,
¡CONGA NO VA!

París 30-7-12



Ser sólo el hombre
            I
Sólo soy un hombre
de carne y huesos caminando
de polvo y soplo animado
y así recorro las calles,
que por el mundo voy cruzando
buscando una palabra y un sueño,
la luz que alumbrará mis ojos,
la voz  que guiará mis pasos.

Sombras son las que me asedian,
como ruidos que cabalgan en las noches,
para atormentar mis sueños,
sombras que alargan sus uñas,
para buscar mi alma en el camino.
Sombras que caminan, sombra yo mismo.

Vientos cardinales
que doblan la sombra que soy yo.
Alejarme yo quisiera,
del tormento frío,
de las brasas infernales del dolor,
pero aquí estoy como un silencio
caminando por las escaleras del olvido.

Llantos son lo que del polvo me llega,
gritos arrancados de los árboles que caen,
de los pájaros que perdieron sus nidos,
de los niños que hurgan el fondo de la tierra,
del silencio que creció en cada espina.

Sólo soy un hombre
amigo de las piedras que se mueven,
de los ríos que se van,
de las llanuras que crecen sobre la tierra,
de los vientos y los mares,
de las plantas, los animales y los hombres.


París 19-06-2012

            II

Sólo soy un hombre
de lágrimas y risas cubierto,
acodado a este árbol
que castiga sin cesar el viento.
Viento entre las rocas, viento yo mismo.

Las lejanas melodías, ya me esperan,
para llevarme hacia las islas,
aquellas que no tienen nombre,
allá donde crecen sueños,
como flores de pétalos ignotos.

Sólo soy un hombre,
azotado por el frío,
la sonrisa y la ternura,
que cotidianamente me dan los días,
éstos donde escribo una palabra,
bajo la lluvia,
al pie de las torres que me miran.
Tan solo, tan efímero: el río.
Río turbulento, río yo mismo.

Las cadenas del tiempo no se rompen.
Horas de acero, de materia inmaterial,
los sueños, tu mirada, tu presencia,
noche efímera que me alojas,
hoy cuando quiero engendrar mis sueños.

Sólo soy un hombre,
cantando y soñando voy,
bajo las nubes, bajo el sol en primavera.
Regando y sembrando voy,
lo que me dicta los dones,
los sueños, la luz y la palabra.
Palabras que se mueven, palabra yo mismo.

París,  jueves 21-06-2012



III

Sólo soy un hombre
cargado de palabras y esperanzas,
cruzando esta noche oscura
que me sugiere laberintos,
meandros y callejas
para perderme entre sus venas.
Me queda el silencio y la palabra,
las piedras y el polvo del desierto.
Polvo que se mueve, polvo yo mismo.

Hay en cada puerta un letrero
para entrar y salir
de la inmensidad que es el tiempo.
Unos entran, otros salen,
gritando van sus nombres,
por las calles desoladas,
buscando van consuelo,
al dolor que los oprime,
día y noche, despiertos o dormidos.

Sólo soy un hombre,
que bajo el sol es una sombra encadenada,
al ruido que atraviesa,
muros y ciudades.
No me alejo de la roca,
ésta que del viento me protege,
donde escribo un nombre.
Roca silenciosa, roca yo mismo.

Incansablemente unos siguen la marcha,
otros, miran correr el agua,
cubiertos de polvo y olvido,
las cosas, la miseria, la vida.
Se alejarán los mares,
volverán los mares a tocar el ombligo de la tierra.
Lluvias, tempestades, vientos sin destino,
y unos caminando sobre el charco,
para salvarse de la noche.

Sólo soy  un hombre,
buscando agua,
para lavar mi alma,
más allá de la oscura noche,
de las ramas que golpean el silencio.
Ramas de la vida, rama yo mismo.
París 23-06-2012

Porfirio Mamani Macedo ha nacido en Arequipa (Perú). Es doctor en Letras en la Universidad de la Sorbona. Se ha graduado también de abogado en la Universidad Católica de Santa María, y ha hecho estudios de Literatura en la Universidad de San Agustín (Arequipa). Ha publicado poemas y cuentos en varias revistas en Europa, Estados Unidos y Canada. Ha enseñado en varias universidades francesas como en la Sorbonne Nouvelle-Paris III, y en la Universidad de Picadie Jules Verne

Ha publicado los libros:

Ecos de la Memoria (poesía) Editions Haravi, Lima, Pérou, 1988.
Les Vigies (cuentos) Editions L’Harmattan, Paris, 1997.
Voz a orillas de un río/Voix sur les rives d'un fleuve  (poesía) Editiones Editinter, 2002.
Le jardin el l’oubli , (novela), Ediciones L’Harmattan, 2002.  
Más allá del día/Au-delà du jou (poemas en prosa), Editiones Editinter, 2000.  
Flora Tristan, La paria et la femme Etrangère dans son œuvre , L’Harmattan, 2003.(Ensayo).  
Voix au-delà de frontière(Poesía), Paris, L’Harmattan, 2003.
Un été à voix haute , France, (Poesía)Trident neuf, 2004.
Poème à une étrangère, (Poesía) Paris, Editions Editinter, 2005.
Avant de dormir,( Cuentos) Paris, L’Harmattan, 2006.
La sociedad peruana en la obra de José María Arguedas (El zorro de arriba y el zorro de abajo), (Ensayo) Lima, Fondo Editorial de la Universidad Mayor de San Marcos, 2007.
Représentation de la société péruvienne au XXème siécle dans l'œuvre de Julio Ramón Ribeyro. (Ensayo)Paris, Editions  L'Harmattan, 2007.
Lluvia después de mi caída y un Requien para Darfur, (Poesía) Lima, Hipocampo Editores, 2008.
Tres poética entre la guerra civil española y el exilio: Miguel Hernández, Rafael Alberti y Max Aub, (Ensayo)Lima, Fondo Editorial de la Universidad Mayor de San Marcos, 2009.
Antes del sueño, (Cuentos)Lima, Editorial San Marcos, 2009.
La Luz del Camino, (Poesía)Lima, Hipocampo Editores, 2010.
Eaux promises/aguas prometidas, (Poesía en prosa) Paris, Edilivre, 2011
L’homme du vent,(Cuentos)Paris, Editions du Petit Pavé, 2012
Deseamos ver la Luz, (Poesía en prosa) France, Editions de l’Atlantique, 2012
Amour dans la parole, (Poesía en prosa) France, Editions, EDITINTER,  Paris , 2013
El viaje de Maria Hortensia ( Novela) Lima, Altazor, 2013
Viajera azul (Poemas en prosa) France, Paris, L’Harmattan, 2015


Reconocimentos

2008
- Medalla de Oro de la Cultura, otorgada por la Municipalidad Provincial de Arequipa.
- Diploma de la Cultura otorgada por la Municipalidad Provincial de Arequipa.
- Diploma de la Cultura, otorgada por la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa

2009-2010
- Autor invitado por La Maison internationale des poètes  et des écrivains de Saint-Malo (France)
- Diploma de Honor, otorgado  por la Alianza Francesa de Arequipa (Perú)

2011
-Autor invitado al Festival Découvrir de Concèze (France)

2012
-Autor invitado al Salón del Libro de Paris (France), Editions du Petit Pavé