lunes, 15 de enero de 2018

La mujer que se pintó la cara de duelo

LA MUJER QUE SE PINTÓ LA CARA DE DUELO DE ALEJANDRO ALZATE

Por Sylvia Miranda
Escritora y ensayista peruana


Texto de presentación del libro en el Centro de Arte Moderno de Madrid:

La mujer que se pintó la cara de duelo
Portada
Además del interesante prólogo de Karla Marrufo  y la esclarecedora nota del autor que centran la lectura, La mujer que se pintó la cara de duelo se abre con la imagen fotográfica de un paisaje, una alameda cuyos árboles invernales circunscriben un camino largo hacia la luz de lo que imaginamos la caída de una tarde frente al mar. Esta imagen nos pone en antecedentes sobre el tono general con que empieza la obra. La acompaña un primer texto poético “Balada para un atardecer anónimo”, donde el poeta se sustancia con esta visión crepuscular desde su ser más íntimo, su “corazón sangre gris”, incorporándose a ese escenario de “sombras extrañas”, oscuridades marinas, “letanías distantes”; de esta forma amplía y detalla la imagen que le antecede. Esta sensación onda, desolada, inunda buena parte del libro. En este sentido, Marrufo propone una lectura desde lo que llama el “tiempo muerto”, es decir, desde la pérdida de un deseo truncado.
Al adentrarme en la lectura tenía la sensación ambivalente de frustración y esperanza, como si fueran las dos caras de una moneda de este discurso que se desarrolla como una constelación de instantes. La esperanza no está, sin embargo, en la posibilidad de vencer lo que hace oscura la vida y el mundo, sino en la propia voz del poeta, en su carácter joven y primero, así como en su tenaz oposición a condescender en silencio con ese entorno de oscuridad. Su palabra, la que transporta su voz, es lo que abre una rendija de luz en esa densa pared del mundo.
En este primer texto, queda expresado en la persecución de esa: “alargada sombra de tus pasos; preclaro evangelio de éxtasis bendito” en el que mezcla la predicación romántica y barroca con la expresión bíblica. Esta prosa, junto a la fotografía que abre el libro, nos va dando pautas sobre las estructuras estéticas y significativas de la obra, que va de lo crepuscular a lo solar, y de la opción de vivir el mundo como “cárcel o paraíso”, del que nos habla el propio autor en su nota introductoria.
Quiero referirme también a la imagen del pájaro que surca el crepúsculo de esta primera prosa y que aparecerá en el siguiente texto: “Transmigración”, bajo las formas del alcaraván y el sinsonte, dos aves de las tierras cálidas. El primero conocido como gran cazador nocturno y el segundo apreciado por su maravilloso canto. El simbolismo del ave contiene una gran fuerza, su vuelo lo presenta como un intermediario entre el cielo y la tierra, entre los dioses y los hombres, simboliza asimismo los estados espirituales. Así transmigrar significa pasar de un país a otro, pero también el paso del alma de un cuerpo a otro para las creencias védicas. En este texto nocturno, el alcaraván será capaz de superar el canto de los ángeles al mismo tiempo que hace replicar las campanas, en ese su tránsito comunicativo entre lo celeste y lo terrestre, pero también superará al afamado sinsonte y a la voz del propio poeta, para terminar transformándose progresivamente en barro sagrado y en luz de luciérnaga estallada en estrella, parafraseando el texto. De nuevo encontramos el trazo de ese camino desde la oscuridad a la luz como eje del poema, sustentado en los temas bíblicos de los coros celestiales y del barro sagrado.
La metáfora es uno de los recursos, junto con la anáfora, que más le sirven al poeta para expresar ese proceso de transformaciones, en algunos casos positivo, hacia la luz, en otros simplemente como forma de mostrar, a través de sus imágenes, las ficciones, los espejismos, las dualidades, la complejidad de una existencia que se debate entre la pérdida de la infancia en un paisaje que podría haber sido la prefiguración del paraíso y la violenta realidad, o entre el olvido y el persistente recuerdo de los primeros amores.  La mujer que se pintó la cara de duelo, se configura desde este punto de vista como un libro de iniciación, que trasunta toda la frescura y la emoción de lo inédito, con esa prístina sinceridad que me trae al recuerdo un verso del querido poeta Wáshington Delgado, “Yo soy la juventud la fuerza del corazón…”.
Alejandro Alzate
A través de la creación de estos procesos inventivos de comprensión y construcción del mundo, bajo una forma sintética o como el mismo autor indica “tomando como base la brevedad de los hipertextos digitales”, que es una estructura que se alía inconscientemente al antiguo tópico de la fugacidad del tiempo, Alejandro Alzate logra hacer de un objeto tan cotidiano como las sábanas, todo un símbolo de transformación que le permite llegar a sintetizar tres realidades aparentemente distantes o separadas y sin embargo concomitantes: los sufrimientos de la historia humana, el enfrentamiento erótico y la violencia social y política.  Así en “Las batallas”, aquellas sábanas que han acogido los sudores y ahora se han transformado en extensas montañas, en paisaje, nos llevan de forma muy subliminal a la imagen del santo sudario, y con él a todo el pasado, a todo lo muerto con dolor en la historia de la humanidad y que el poeta visualiza, concretiza, en la figura de la montaña, petrificada delante de nosotros y aparentemente indescifrable, testigo mudo de las batallas del pasado. Las sábanas hacen también alusión al lecho de los amantes, al amor erótico concebido muchas veces como una batalla, una representación para alcanzar un “efímero trofeo”. La última batalla, aunque más concreta, no está exenta de metáforas, es la violencia de la guerra, donde las sábanas son “atavío imperial” del vencedor y a la vez   pañuelos de los vencidos.
 “La mujer que se pintó la cara de duelo” prosa que da título al libro, lleva una dedicatoria que dice: “A las mujeres víctimas del conflicto armado que lo perdieron todo.” Esta dedicatoria nos predispone significativamente frente al texto. El poeta hace referencia directa al conflicto armando, al que denominará en el texto: “nuestra violencia sin trazas”.  Las mujeres de su tierra son para él el símbolo del dolor de esta violencia, ve configurarse en sus ojos, que son su alma, la herida abierta y la desolación que les pinta el rostro con el recuerdo de sus muertos, pero también la sabiduría congénita de los que conocen el tiempo antiguo, de los que descifran el pasado y el porvenir. El libro gira alrededor de este poema, los otros textos poéticos aparecen como una consecuencia de este sentimiento central de dolor que lo contamina todo. En “Patria mía”, por ejemplo, hay un deseo de cantar a la naturaleza prodigiosa del país, sin embargo, la tensión, el miedo son parte del paisaje; en “Súplica”, pide al Tiempo ver la vejez de sus ancestros, pero también poder extender por una noche, como si fuera una eternidad, ese espacio de luz y de belleza profundas, simbolizadas en la estrella y el mar, le pide, en definitiva, no traicionar la poesía, en un poema de gran aliento borgeano.
Hacia el final del libro hay una serie de prosas que tratan sobre el amor y sus apariencias, sobre el olvido y la permanencia. En tono muchas veces lúdico como en “Yo quiero” y otras más irónico como en “Voy a pedirte” o “Me preguntaste”, expresa la complejidad de los primeros amores, su profunda impronta y su fugacidad. 
El poema que cierra el libro, “Mar de cristal”, es un canto de fe a la magia de lo poético, a la anáfora y a la metáfora, que maneja con maravillosa destreza, donde el Mar de cristal es también la imagen del cielo, volviendo a unir así, como en otras partes, lo terrestre y lo celeste. La mujer que se pintó la cara de duelo tiene la suerte de ser vista por un joven poeta que es capaz de declarar sin empacho y en la plenitud de sus días, que “el ronco cantar de los fusiles cae rendido ante la jugosa ruta del durazno” y que sabe que la luciérnaga nocturna estalla para convertirse definitivamente en estrella.

Madrid, diciembre 2017.

domingo, 17 de diciembre de 2017

Ayllu Orkopata vs. Ayllu Trilce

Ayllu Orkopata vs. Ayllu Trilce

Por Pedro Granados


En principio, este breve ensayo nace como una reseña al libro de Elizabeth Monasterios Pérez, La vanguardia plebeya del Titikaka.  Gamaliel Churata y otras beligerancias estéticas en los Andes (La Paz, Bolivia: IFEA/ Plural, 2015).  En específico, nos ocupamos de la polémica entre Gamaliel Churata (Grupo Orkopata) y la poesía de César Vallejo ventilada allí por Monasterios –la “Introducción”, el “Capítulo III” titulado “La diferencia vanguardista del Boletín Titikaka” y referencias o alusiones desperdigadas en varios otros pasajes de su libro–.  Debate bien documentado y formateado, el que establece Monasterios, aunque para nada simple o transparente; sino, por el contrario, demorado, complejo y sinuoso.  Lo cual, precisamente, nos llevó a pasar de la reseña a la elaboración de un texto algo más amplio.  En general, la autora intenta llevar de modo un tanto apresurado agua para su molino el cual, entre otros sugestivos argumentos, consiste en exponer las bondades –o, más bien, “beligerancias” descolonizadoras– e incluso preeminencia –a nivel regional– de la “poética” de Gamaliel Churata sobre la de César Vallejo o, de lo que hemos denominando aquí: Ayllu Orkopata vs. Ayllu Trilce.


sábado, 16 de diciembre de 2017

Reminiscencias de Colombia

Reminiscencias de Colombia de Eugenio Chang-Rodríguez


     
Eugenio Chang-Rodríguez
En 1965 interrumpí mis labores de “scholar in residence” en la Universidad de Oklahoma, con el fin de viajar a Colombia a pasar una semana en Bogotá como asesor de Jimmy Yen (1893-1990), presidente del Institute of Rural Reconstruction, fundado en 1960, en cuyo directorio figuraban William Orville Douglas (1898-1980), Juez de la Corte Suprema de los Estados Unidos, y otras personalidades norteamericanas progresistas. Acepté la invitación para viajar a la llamada “Atenas de Sudamérica”, capital de Colombia, cuyo ex ministro de educación Germán Arciniegas (1900‑1999), era el autor de la “Introducción” a mi libro La literaria política de González Prada, Mariátegui y Haya de la Torre[1].  
        Con estos antecedentes, se puede comprender cuán preparado estaba mi ánimo al arribar con Jimmy Yen a Bogotá el viernes 20 de agosto de 1965, en circunstancias de relativa calma política en la mayor parte de Colombia. Nos hospedamos en el Nueva Granada, sucesor del hotel donde se habían alojado muchos delegados e invitados especiales a la IX Conferencia Panamericana[2], interrumpida por el bogotazo, iniciado el 9 de abril de 1948, a raíz del asesinato del dirigente liberal Jorge Eliécer Gaitán (1898-1948). Este albergue ya no era el principal hotel de Bogotá, pero su comedor seguía siendo uno de los mejores de la zona.  El 10 de abril, el principal diario de la ciudad informó:

Designado como uno de los diez revolucionarios más importantes de nuestra época por su vida consagrada al titánico trabajo contra los cuatro males principales que azotan a los pueblos subdesarrollados (según su concepto: la pobreza, la enfermedad, el analfabetismo y la indiferencia cívica), llegó ayer a Bogotá, procedente de Nueva York, Jimmy Yen, llamado el genio de la reconstrucción rural y presidente del movimiento internacional de educación de las masas.  Lo acompaña el catedrático de la Universidad de [la Ciudad de] Nueva York, Eugenio Chang-Rodríguez. Jimmy Yen fue el artífice de la reconstrucción rural de Filipinas y de otros países, demostrando la eficacia de su movimiento de educación de las masas campesinas con la colaboración de todo el pueblo[3].

        También en setiembre de 1965, Gloria Valencia Diago, nacida en 1927, licenciada en comunicación social de la Universidad Javeriana y directora durante veinte años de la sección de Cultura del diario El Tiempo de Bogotá, me entrevistó para informar a sus lectores acerca de mis labores de asesor literario de la Charles Scribner’s y del progreso en editar obras literarias latinoamericanas traducidas al inglés[4]. Terminada la entrevista, la prestigiosa columnista y crítica de arte amablemente me llevó en su auto a varios lugares históricos de la ciudad.  Otro día, tuve la oportunidad de visitar el Instituto Caro y Cuervo en Yerbabuena, donde conversé con profesores del Instituto, entre ellos, Luis Flórez,[5]  y  conocí a Alcira Valencia, eficiente secretaria del Instituto, con quien por muchos años iba a mantener correspondimos con motivo de nuestro intercambio de libros y revistas. El Instituto me remitía regularmente su revista Thesaurus y algunas publicaciones y yo les correspondía con libros y separatas de artículos.
 
Germán Arciniegas
     Años después, tuve la satisfacción de reencontrarme varias veces con Germán Arciniegas en Washington, Nueva York y Lima.  Almorzamos en casa de Armando Villanueva del Campo el 29 de julio de 1985, al día siguiente de la ceremonia de inauguración del presidente Alan García. En esta ocasión, me pidió un artículo para publicarlo en una nueva revista que proyectaba en la Universidad de los Andes. En 1988, Carlos Lemos Simmons, Embajador de Colombia en la OEA, me llevó al Aeropuerto Nacional de Washington a recibir a Germán Arciniegas. Entonces yo era Ministerio Consejero de la Embajada del Perú en Washington, D. C.  Algo después, Carlos Lemos Simmons fue nombrado canciller y presidente de su patria por breve tiempo y diez años más tarde sería precandidato presidencial en las elecciones generales. Con Germán Arciniegas, nos volvimos a ver en Nueva York en 1989, cuando The Americas Foundation lo honró con la bien merecida distinción de “
Hombre de las Américas”.  Aunque estaba programado como uno de los oradores principales en el homenaje a Víctor Raúl Haya de la Torre en el Museo de la Nación de Lima en 1995, a última hora Germán Arciniegas no pudo viajar y Otto Morales Benítez leyó su conmovedor discurso[6]. Mucho lamentamos sus admiradores el fallecimiento de Germán Arciniegas ocurrido en el 1999, meses antes de cumplir cien años de fructífera vida.

Otro recuerdo de Colombia me lo ofreció Mario Vargas Llosa (n. 1936), Premio Nobel de Literatura de 2010, nuestro amigo desde 1968, cuando se alojó en nuestro departamento de entonces (420 E 55th St., Manhattan). Mario nos obsequió una copia del folleto publicado por el colombiano Francisco Posada Díaz (1934-1970), Los orígenes del pensamiento marxista en Latinoamérica (Cuadernos de la Revista Casa de las Américas 6, La Habana: Casa, 1968), en cuyas pp. 14-16 se ocupan de mi Literatura política de González Prada, Mariátegui y Haya de la Torre (México: De Andrea, 1957). Nos obsequió también una copia del mismo libro de Francisco Posada publicado en Madrid por la Editorial Ciencia Nueva (1968), que tiene en sus pp. 13-17 comentarios sobre la Literatura política…ya mencionada. Mario Vargas Llosa conoció a Francisco Posada en París a principio de 1960 cuando simpatizaba con sus ideas.
       El padre de Francisco Posada Díaz fue el abogado Francisco Posada Zárate, uno de los ministros claves en el gabinete de Gabriel Turbay Abinader, candidato liberal a la presidencia de Colombia en 1946. Su hermano mayor, Jaime Posada, fue a los 19 años director de Lecturas Dominicales, el suplemento cultural más prestigioso del país, publicado semanalmente por el periódico El Tiempo, de propiedad del expresidente Eduardo Santos. A los 21 se desempeñó además como director de la Revista de América. Francisco Posada Díaz fue uno de los seis filósofos principales en Colombia del siglo XX, junto a Cayetano Betancur, Danilo Cruz Vélez, Nicolás Gómez Dávila, Guillermo Hoyos Vásquez y Ramón Pérez Mantilla. Posada comenzó a destacarse a mediados de la década de 1950, cuando era miembro del grupo Nuevo Signo y directivo de la Federación de Estudiantes Colombianos FEC. Y autor del Esquema de una teoría de las emociones de Jean-Paul Sartre en la revista Mito. Ese tratado figuraba desde 1949 en el Index librorum prohibitorum.

Francisco Posada Díaz
      A finales de la década de 1950 y comienzos de los años de 1960, Posada vivió cierto tiempo en Gotinga, Frankfort sobre el Meno y París, en donde se contactó con Jacques Lacan, cuya obra había divulgado desde 1958 en Tierra firme, asistió a cursos de Lucien Goldmann, y se relacionó con jóvenes escritores de otros países latinoamericanos establecidos entonces en París, como Mario Vargas Llosa. Además, se interesó vivamente por los procesos políticos y sociales de América Latina.  Al retornar a Colombia y se vinculó con la Universidad Nacional, la impulsó y se interesó en la obra de José Carlos Mariátegui. Francisco Posada Díaz falleció a los 36 años siendo decano de la Facultad de Filosofía. Sus publicaciones son parte importante de la historia intelectual colombiana del siglo XX.




[1]. Germán Arciniegas, "Introducción" a La literatura política de González Prada, Mariátegui y Haya de la Torre, por Eugenio Chang-Rodríguez (México: Studium, 1957): 9‑17.  Reproducido como "González Prada, Mariátegui, Haya de la Torre: tres momentos de una sola vida" en Cuadernos Americanos 93.3 (mayo‑junio 1957): 203‑11; La Tribuna (Lima) 11, 13 y 14 de julio de 1957; y en folleto aparte, publicado por Armando Villanueva del Campo en Lima en 1958.
[2] . La IX Conferencia Panamericana, inaugurada, el 30 de marzo de 1948, estableció la Organización de Estados Americanos (OEA) en reemplazo de la Unión Panamericana. A ella asistieron notables delegados, como el general estadounidense George Marshall (1880-1959), el poeta mexicano Jaime Torres Bodet (1902-74), y el poeta y ensayista guatemalteco Luis Cardoza y Aragón (1901-1992).
[3]. “Desde Eldorado”, El Tiempo (Bogotá), 21 de agosto de 1965, p. 8.     
[4]. Gloria Valencia Diago, “Selección de escritores colombianos publicarán en E.U”, El Tiempo (Bogotá), 29 agosto 1965, p. 13. Artículos de Gloria Valencia Diago de gran difusión fueron: “En bienal se convertirá el Salón Panamericano de Artes Gráficas”, El Tiempo (Bogotá, Colombia). -- nov. 4, 1972 ill, y Académicos vs. Artistas: el monumento a Bolívar, El Tiempo (Bogotá, Colombia). -- ago. 7, 1980 1- B: ill.
[5]. El colombiano Luis Flórez es muy apreciado por La pronunciación del español en Bogotá (Bogotá:  Instituto Caro y Cuervo, 1951; Habla y cultura popular en Antioquia (Bogotá: Instituto Caro y Cuervo, 1957); Léxico de la casa popular urbana en Bolívar (Bogotá: Instituto Caro y Cuervo, 1962); El español hablado en Santander (Bogotá: Instituto Caro y Cuervo, 1965);  “Muestra de anglicismos y galicismos en el español de Bogotá”, Boletín de la Academia Colombiana 14 (1964): 260-78; y sus contribuciones al atlas lingüístico de Colombia.
[6]  Otto Morales Benítez (1920-2015), abogado internacionalista, ex Secretario General del Partido Liberal, miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua, exministro de Trabajo y Agricultura, exsenador, Diputado a la Asamblea Departamental de Caldas, varias veces precandidato a la Presidencia de la República fue nombrado y profesor honorario de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en Lima. En 1990 el Congreso Nacional de Colombia le confirió la condecoración "Gran Cruz de la Democracia" por los servicios prestados a ésta.

jueves, 7 de diciembre de 2017

La distancia que nos separa de Renato Cisneros

La « leyenda » del padre (*) en La distancia que nos separa (1)


Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo.
Juan Rulfo

Muchas cosas sabe la zorra, pero el herizo sabe una sola y grande.
Arquíloco

A Carlos Quiroga, « Che Calito »
& también a Hernán Rivera, mi « cousin »

Por Mario Wong
Escritor peruano

La distancia que nos separa, novela « no-ficcional » del escritor peruano Renato Cisneros, por su propio carácter de búsqueda, de investigación sobre el « lado oscuro familiar » (podría decir del árbol genealógico de los Cisneros), en forma más precisa del Gral. E.P. Cisneros Vizquerra, el « Gaucho », uno de los militares más controvertidos (quien fuese ministro del Interior, durante la dictadura del Gral. Morales Bermúdez y de Guerra, en el 2° gobierno del arquitecto F. Belaunde) de las últimas décadas de la historia política del Perú, al comenzar a leerla hizo que, inmediatamente, recordase de otras novelas, para distinguirla, cuya temática es la presencia (o ausencia) del padre ; por sólo mencionar dos de ellas, que me vinieron a la mente, Pedro Páramo de Rulfo y Los ríos profundos de J.M. Arguedas. Me pongo a pensar, ahora que escribo, que le encuentro más de una cercanía, (con todas las distancias que las separan) con esa « novela total », de M. Vargas Llosa, que es Conversación en la Catedral, en los sombríos tiempos de la dictadura de Gral. Odría: las líneas de la historia peruana del militarismo y de persecuciones políticas se entrecruzan y…
La intranquilidad del hijo, es parte de la « carga » (aunque hablé, él, de una « vida libre »; en la presentación de la Ed. de la novela al francés, en la Maison de l’Am. Lat.)-después de la muerte del padre, en 1995- se respira en la voz narrativa ; y determina, también, su proyecto escritural de exilio. Cito : « ¿Cómo sé que lo que mi padre me transfirió no le fue transferido? ¿Su hosquedad y hermetismo eran propios o le fueron implantados antes que naciera? ¿Su melancolía era realmente suya o era el rastro de algo superior y anterior a él? ¿De qué subsuelo ancestral salía su coraje? ¿De dónde provenía su arrogancia? A menudo culpamos a nuestros padres por defectos que creemos suyos sin pensar que quizá sean fallas geológicas, fallas de origen: úlceras que han estado durante siglos y generaciones sin que nadie haya hecho nada por curarlas, podridas estrellas de mar que llevan centurias… » (2). Y el « secreto del mal » (R. Bolaño) -como la historia de « yo, hijo de Eichmann »- podría ser una mise en abîsme, de nunca acabar (para dar cuenta del caos de la realidad; como si lo que encontrásemos nos condujese, siempre a otra cosa y otra cosa, y constatásemos que el infinito es cierto, tan cierto como puede ser el infierno que…). Pero, no, el narrador se fija límites:
« Si quiero entender a mi padre debo identificar nuestros puntos de intersección, iluminar las zonas oscuras, buscar el contraste, resolver los acertijos que con el tiempo fui abandonando. Si consigo entender quién fue él antes que yo naciera, quizá podré entender quién soy ahora que está muerto. En esas dos titánicas preguntas que se sostiene el enigma que me obsesiona. Quién era él antes de mí. Quién soy yo después de él. Ese es mi objetivo sumario : reunir a esos hombres intermedios » (3)

Entre Escilla y Caribdis (de la leyenda y la desmitificación del padre), pregunta en medio de la devastación por su desaparición
Pueden haber pasado veinte años (veinte años no son nada, como en el tango) desde el entierro de tu padre, sin que sientas los estragos de su ausencia, de pronto el malestar irrumpe y te lleva a preguntarte, a buscar información, y captas, poco a poco, « que eso que te han dicho durante tantos años respecto de la biografía de tu padre no te convence más. O peor: captas que lo que tu propio padre decía sobre su biografía ha dejado de parecerte confiable. Las mismas versiones que siempre sonaron certeras, suficientes, se vuelven confusas, contradictorias, no encajan, colisionan estrepitosamente con las ideas que la muerte de tu padre ha ido fraguando en tu interior en el transcurso del tiempo, y que una vez puestas de manifiesto son como un sólido islote que tiene en ti a su único naufrago » (4) Así, pues, sólo « la muerte -inflamando tu inquietud, incrementando tus dudas- te ayuda a corregir las mentiras que escuchaste desde siempre, a canjearlas, no por verdades, sino por otras mentiras, pero mentiras más tuyas, más privadas, más portátiles… » (5) Pero, es imposible que dichas mentiras (« ficciones » para si mismo) quepan, por decirlo, en una de las « valises portatives » de Duchamp.
En medio de la devastación que ha producido la desaparición del padre, el narrador recurre a una fotografía y a las ficciones literarias; ahí aparece La invención de la soledad, novela de Paul Auster; el azar de la aparición de la foto (de él, niño, y su padre, empinado sobre sus hombros, al pie de la piscina de su casa en Piura, en 1981) entre las páginas de dicha novela, mientras la leía el 2006. Cito in extensius
« …, reparé en la foto. Estaba allí, dentro de la órbita de mi mirada. En dos pasajes de la novela –volúmenes siete y ocho de la sección Libro de la memoria-, Auster relata las proezas marinas de dos personajes que llevan a cabo una íntima búsqueda del padre: Jonás y Pinocho. Uno bíblico, otro literario. A ambos ya les guardaba una simpatía anterior : aplaudía que se rebelaran contra su naturaleza, que aspiraran a ser más de lo que estaban llamados a ser. Jonás no quería convertirse en un profeta cualquiera. A Pinocho no le bastaba con encarnar a un muñeco solamente. Jonás reniega de la misión que Dios le encomienda -ir ha predicar entre los paganos de Nínive- y huye de su presencia embarcándose en una nave. En medio de la travesía se desata una gran tormenta. Jonás sabe que la tempestad es cosa de Dios y pide a los marineros que lo arrojen al mar para que cese la crispación de las aguas. Así lo hacen. La tormenta se detiene y Jonás se hunde, yendo a parar al vientre de una ballena donde permanece tres días. En medio de los ecos ululantes de esa soledad Jonás reza por su vida. Dios oye sus oraciones, perdona su desobediencia y ordena que el pez lo vomite en una playa. Se salva. Otro tanto ocurre con Pinocho. En la novela de Carlo Collodi, la barca de Gepetto es volcada por una ola enorme. Casi ahogado, el viejo carpintero es arrastrado por la corriente en dirección a un gran tiburón asmático que lo traga « como un fideo ». El valiente Pinocho busca a Gepetto sin desmayo. Una vez que lo encuentra, lo carga sobre sus hombros y espera a que el tiburón abra la boca para escapar nadando en medio de la oscuridad de la noche. Jonás es rescatado de las aguas por su padre. Pinocho rescata a su padre de las aguas. Auster se pregunta o yo me pregunto: ¿Es verdad que uno debe sumergirse en las profundidades y salvar a su padre para convertirse en un hombre real? Desde que leí La invención de la soledad, la foto de Piura ya no es solo la foto de Piura. Es una foto fetiche, de esas que son tomadas en una época, pero cuyo verdadero significado nos llega mucho después. Ahora comprendo mejor el ritual de ese niño de cinco o seis años que se sumergía de aquel modo extraordinario. Cada vez que observo la foto, ese niño me da la misma misión ineludible. Lánzate al agua. Busca a tu padre » (6)

La distancia que nos separa, o ¿de la « banalidad del mal(7) »? Ver « lo que más de las veces no se quiere ni mirar » (R.B.)
Hay una historia de la monstruosidad, de la infamia del horror, que las más de las veces no se quiere ni mirar. Así ha ocurrido con el nazismo -sobre todo, después de la derrota de Alemania en la 2a Guerra Mundial- y de los nazis en fuga (a través de las redes creadas por miembros del Vaticano), principalmente hacia los países del Cono Sur; y ahí están las sangrientas dictaduras militares en Chile (1973) y en Argentina (1976), que convirtieron dichos países en verdaderos campos de concentración. Eso ocurrió, también, con la « guerra sucia » para enfrentar a las huestes armadas de Sendero Luminoso, en el Perú de los 80s. Las líneas europeas de la historia del horror se entrecruzan con la de los países de Latinoamérica (sin que exista un tiempo compartido, en común, y continuidad en su transcurrir que permita el « ensamblaje » de esas distintas historias, dispersas y específicas a cada país, pueden encontrarse, en forma precaria, en una especie de juxtaposición -como si de un puzzle por armar, o de varios se tratase, y siempre han de faltar piezas- de experiencias, y de cierta confluencia de los pasados de cada uno de ellos).
El Gral. EP Cisneros Vizquerra estuvo directamente involucrado -en los cargos oficiales que ocupó- en la brutal represión de los movimientos políticos-sociales del año 77, en el secuestro y desaparición del militante Montonero Carlos Alberto Maguid (perseguido, en su país, por los grupos paramilitares de la « triple A »), dentro de la aplicación del « Plan Cóndor », esto durante el régimen de Morales Bermúdez, y años después, ya en el segundo gobierno de Belaunde, representó la línea dura -que fomentó la denominada guerra sucia- para enfrentar a la subversión. Nada de esto, que es parte de la historia de la infamia, se oculta en La distancia que nos separa; Renato Cisneros, el autor, ha investigado los pormenores de los actos en que su padre jugó el rol del villano (ahí esta la mención de fotos en que aparece con Videla, Viola, Bordaberry, Kissinger u otros; algunos de ellos miembros de su promoción, en la Escuela Militar en Argentina; y también se menciona sus relaciones con los secuestradores posteriormente a la visita de Videla a Lima; la captura y desaparición de Maguid que ocurre en ese periodo, casi al mes de la visita del presidente Argentino).
… Y es también parte del horror (« Hotel California (666) », The Eagles, 1977,y ahí estaba la presencia de la guerra del Vietnam -el « Nixoncidio », Apocalipsis Now-, …I hear the mission bell / And I was thinking to…, y aquí tú eres prisionero / de tu propia invención…, tú puedes salir cada vez que quieras, / pero nunca puedes irte!…; ocurre, y ha ocurrido, no sólo en países como el Perú, sino…), que mientras todo eso sucedía (y ese es el lado oscuro de la historia, de…) la vida de su familia, era el propósito del Gral. Cisneros, que transcurriese como si ella estuviese « protegida » (de la violencia del mundo y de sus vanas y locas pasiones) por una urna de cristal. Y es su muerte, lo que hace que « ésta » -ocurre (y lo creo)- se requebraje en mil pedazos…; « tardíamente » (las comillas son porque nunca es tarde, y las cosas ocurren cuándo y cómo deben de…) ; pero, en relación a esa « modernidad tardía » peruana, en relación a…, al desastre, a la desvastación de una generación…, ahí están mayo del 68, el asesinato de estudiantes en México, plaza de Tlatelolco, también ese año, y la represión en los mismos países del Cono Sur, en los 70s… y como si fuesen (fuésemos) astillas a la deriva, después de la tormenta desatada,…
 « Hay algo peligroso en descaminar el tramo ya cubierto para regresar sobre aquellos años de estructura y mansedumbre familiar. Años en que dábamos por sentado que, al menos dentro del reino insular que parecía ser la casa de Monterrico, nada cambiaría lo suficiente como para amedrentarnos. Años en los que uno hasta podía soñar con ser poeta » (8) –escribe Renato Cisneros, y la literatura, después de todo, de la desvastación que pueda haber significado la muerte de su padre (9), ha sido más que un simple recurso -« ad mortem, inimicus! », lapsus verbal, fatal, mío (contra el espectro del padre, que no es el de Hamlet)-, pienso, para « reconstruir » al padre desaparecido. Cito: « Cuánto del predicamento de mi padre se ha desvanecido desde el 15 de julio de 1995. Cuánto puedo realmente recuperar en este ejercicio ansioso y quizá improductivo de ir preguntándole a los demás lo que saben o recuerdan. Ese material jamás alcanzará para reconstruir a mi padre y, sin embargo, sigo buscando las piezas desperdigadas, como si fuese posible restituir el modelo original. Aunque más que restituir, la palabra sería engendrar. Aquí he engendrado al Gaucho, dándole su nombre a una criatura imaginada para convertirme en su padre literario. La literatura es la biología que me ha permitido traerlo al mundo, a mi mundo, provocando su nacimiento en la ficción » (10). Me pregunto, para concluir este « artículo-reseña », si la « verdad de las mentiras » (M. V.Ll.), la ficción, para dar cuenta de lo monstruoso (y el Perú de las últimas tres décadas del S. XX lo ha sido; y la « memoria » de lo qué ocurrió no es el propósito de Renato Cisneros), y entonces dudo,… Y me digo que la literatura no está para hacer que nos acordemos de nada, y que ya el escritor ha tenido el coraje de…

París-Montmartre, 27-29 de septiembre del 2017.

(*) He recurrido al título de la primera novela de mi amigo « Clark-Chimbote », el escritor Miguel Rodríguez Liñán.

Notas :

(1) Renato Cisneros, La distancia que nos separa, Lima, Ed. Planeta, 2015.
(2) Ob. Cit., p. 36.
(3) Idem.
(4) Ob. Cit., p. 35.
(5) Ob. Cit., p. 36.
(6) Ob. Cit., p. 49; sobre la foto véase pp. 48-49.
(7) Sobre la « banalidad del mal » -las « ideas fijas » y prejuicios ideológicos, en tiempos de crisis (cuando lo que se requiere es una visión y una respuesta política innovadora), la filósofa política, judía-alemana, Hannah Arendt sostenía que « Una crisis se vuelve catastrófica cuando nosotros respondemos con ideas fijas (preformed judgements), esto es con prejuicios. » (La crise de la culture, París, Éds Gallimard, 1972, p. 225; traducc. mía); sobre esta frase Annabel Herzog escribe: « Qu’est-ce qu’un préjugé ? C’est une réponse qui a été pensée indépendamment des conditions particulières dans lesquelles on se trouve, c’est-a-dire qui a été élaborée dans d’autre contextes, ou même, dans aucun contexte. Une réponse ancienne, dit Arendt, peut parfois être adéquate à une crise nouvelle. Un préjugée, en revanche, est une réponse formulée dans l’absolu -ou dans le vide- sans rapport avec la réalité, sur la base d’axiomes idéologiques, des superstitions, de peurs, de normes intuitivament établies en lois, etc. Lorsqu’on se trouve dans un situation politique, c’est-à-dire une situation dans laquelle il faut innover, et que l’on réponds au besoin d’innovation par des préjugées, on détruit la politique. La crise est donc un moment qui peut basculer dans l’action politique, ou dans la catastrophe. » (Véase, Annabel Herzog (Coord.), « Arendt et la banalité de la crise »; In : Hannah Arendt. Totalitarisme et banalité du mal, Pari, Presses Universitaires de France, Débats philosophiques, 2011, p. 112).
(8) Ob. Cit., inicio del Cap. 10, p. 165.
(9) « …Mi padre se había encargado que todos orbitemos alrededor de él, y esa dependencia era tan absoluta y crucial que nadie… el desastre que…Yo asociaba mi futuro con su presencia física y tenía asumido que seguiría viviendo con mis padres y hermanos en la casa de Monterrico hasta el fin de los siglos. Su muerte marcó el fin de los siglos, y cuando sucedió, cuando nos cayo el mazazo sin que estuviésemos preparados, el dolor fue posterior al desconcierto. Bastó con mirarnos al regreso del entierro, cuando todos los parientes y amigos ya habían desaparecido, para descubrir… El mundo desapareció, llevándose todo su sedimento de certezas… » (Ob. Cit., véase las pp. 194-195).
(10) Párrafo final del Cap. 11; Ob. Cit., p. 195-196. Y continúa: « Hoy no eres un recuerdo, sino el fragmento de un recuerdo que me ataca en suaves ráfagas. Que graniza sobre mí. » (Inicio del último Cap., p. 96).

miércoles, 6 de diciembre de 2017

El Mirador de Velintonia o la mirada nostálgica de un poeta

EL MIRADOR DE VELINTONIA O LA MIRADA NOSTÁLGICA DE UN POETA

POR PEDRO GARCÍA CUETO

   La Fundación José Manuel Lara ha publicado Mirador de Velintonia, con el subtítulo De un exilio a otros (1970-1982), un estupendo libro que hace un repaso por muchas figuras que su autor, el periodista, poeta y novelista canario Fernando Delgado ha llevado a cabo, como si fuera un entomólogo, mirando el paisaje de estos seres, sus formas de ser, su presencia en su vida, late en el libro un deseo de evocar a muchos de los grandes de nuestras letras. Por el libro desfilan Paco Brines, Carlos Bousoño, Pablo García Baena, Claudio Rodríguez, Ángel González, Jaime Gil de Biedma, etc.
   La gran virtud del libro es el respeto que el autor tiene con todos, son espejos donde Fernando Delgado se ha mirado, desde muy joven y comenzando con el encuentro con Neruda, al lado de su amigo Juan Cruz, el autor va trazando con mirada de amanuense, como aquellos que iban componiendo las palabras lentamente, otorgando belleza a su labor de copistas, los encuentros con cada uno de ellos, fueron muchos los amigos que Fernando fue cultivando, en el libro va contando sus impresiones, como si de un bello paisaje se tratase.
   Excelente es el retrato de Max Aub que paseaba con Delgado por el Retiro, ya mayor, la descripción del autor merece la pena:
“Sus ojos bien despiertos, nuevos de curiosidad tras sus gruesas lentes de miope, revelaban ansiedad ante el tiempo distinto que atisbaba y si entraba por descuido en la batalla del abuelo eludía con ironía lo que acaso tomara por desliz” (p. 104).
    Sin duda alguna, Delgado sabe ver a sus personajes, entenderlos en su interior, los retrata, pero no los juzga, hay una libertad presente, son seres que hacen historia al nombrarlos, todos con sus creaciones, sus exilios, sus penas y sus alegrías. Para Delgado, Aub “fue una rareza, un español por propia voluntad”.
    El de Juan Gil-Albert también es un retrato muy bello, el escritor de Alcoy que fue gestando una obra silenciosa, como un amanuense que escribe solo en su sala, sin nadie a quien dirigir su obra, en un exilio interior que duró décadas, hasta que unos cuantos escritores le dieron el prestigio que siempre se mereció, Dice Delgado sobre Juan:
“Sus inteligentes reflexiones, la coherencia de sus gustos, el deslumbramiento nunca disimulado ante la belleza, nos mostraban a un personaje profundamente enamorado de la vida que en la avanzada edad –había nacido en 1906 y  mi primer encuentro con él se produjo a principios de los años setenta- tenía a la vida por recién estrenada y aún parecía ser sorprendido por ella” (p. 117).
    Pero el personaje principal es siempre Aleixandre, su generosidad, su casa de Velintonia, donde centenares de escritores fueron a visitarlo, era el lugar de confesión, el proscenio donde los poetas iban desfilando, ante la generosidad del vate, del maestro, del hombre que hacía de su armonía todo un mundo.
    Sin duda, para Delgado, no hubo enemigos para Aleixandre, siempre modesto, generoso y acogedor, un hombre inolvidable ciertamente y gran poeta, como muy pocos lo han sido.
   La preferencia de Aleixandre por dos amigos entrañable, Lorca y Miguel Hernández, como le contó a Delgado, el pesar por no haber podido salvarles la vida, esa huella que queda en el gran hombre que ha confraternizado con ellos, donde encontraron, allá en Velintonia, el lugar de la poesía, más allá de la propia vida.
  
Fernando Delgado
  El libro contiene anécdotas divertidas, como la aparición del extravagante Vicente Núñez, cuando Baena, Delgado y Villena se lo encuentran en un viaje, hay mucho humor en ese episodio y melancolía en el libro, todo un testimonio de un mundo que nadie podrá olvidar.
    Para los lectores, el libro es emotivo, vemos a Brines, a Bousoño, en la presentación en Madird, en la librería Alberti, Delgado dijo que no había conocido a alguien más inteligente que Gil de Biedma, a pesar de su carácter y su difícil trato.

    Al hablar de todos ellos, el respeto, la admiración, el deseo de reencontrarse con ellos, vive, respira, haciendo de este un bello libro de lectura muy recomendable, todo un tratado de humanidad que debemos saborear poco a poco, como los buenos vinos.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Emmanuel Carrère, Premio FIL de Literatura 2017

Emmanuel Carrère, Premio FIL Guadalajara de Literatura 2017 

Entrega Premio FIL Literatura 2017 a Emmanuel Carrere
Entrega Premio FIL Literatura 2017 © FIL_Bernardo de Niz

  Escritor, periodista, guionista, crítico y cineasta francés, “es autor de una obra versátil, amplia y transversal que ha obtenido un vasto y entusiasta reconocimiento internacional”, destacó el jurado sobre el autor de El reino

Por ser un autor que atraviesa “distintos territorios creativos, con una aparente naturalidad que le ha llevado a erigirse en uno de los autores más leídos e influyentes entre las nuevas generaciones”, un jurado internacional integrado por Mercedes Monmany, Jerónimo Pizarro, Valerie Miles, Efraín Kristal, Héctor Abad Faciolince, Carmen Muşat y Gustavo Guerrero, designó al escritor francés Emmanuel Carrère ganador del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2017, que ha recibido el 25 de noviembre en la inauguración de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Nacido en París el 9 de diciembre de 1957, Emmanuel Carrère es escritor, periodista, guionista, crítico y cineasta. “Es autor de una obra versátil, amplia y transversal que ha obtenido un vasto y entusiasta reconocimiento internacional”, se lee en el acta del jurado, que agrega: “Heredero de Montaigne y de Rousseau, lo autobiográfico adquiere en su escritura una dimensión crítica que le permite pintarse sin concesiones y explorar arriesgadamente zonas de sombra de la condición contemporánea”. 

Emmanuel Carrère, Premio FIL Guadalajara 2017
Emmanuel Carrère ©FIL Eva Becerra
Carrère “es un escritor que practica la circulación multimedia trabajando, además, en cine y televisión, pero sin separarse de la gran tradición humanista”, dijo el jurado. Entre sus numerosas obras cabe destacar Una semana en la nieve (1995), El adversario (2000), Una novela rusa (2007), De vidas ajenas (2009), Limónov (2011) y El reino (2014). “Por un lado, es capaz de releer y comentar la Biblia con la erudición que exhibe en un libro como El reino; por otro, es autor de una celebrada biografía de Philip K. Dick y un apasionado lector de ciencia ficción y de reportajes periodísticos”, añadieron los especialistas.

Dotado con 150 mil dólares estadounidenses, el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances es el máximo galardón de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara y reconoce una vida de entrega a la creación literaria. Este año se recibieron 72 candidaturas, provenientes de 18 países, y en las cuales estuvieron representadas las lenguas catalana, española, francesa, gallega, italiana, portuguesa y rumana. Las postulaciones, como lo establece la convocatoria, fueron realizadas por instituciones culturales y educativas, asociaciones literarias, editoriales y los propios miembros del jurado. 

En anteriores ediciones el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances ha sido entregado a Fernando del Paso, António Lobo Antunes, Rafael Cadenas, Margo Glantz, Fernando Vallejo, Yves Bonnefoy y Claudio Magris, Enrique Vila-Matas y Norman Manea, entre otros grandes autores de literatura contemporánea.

jueves, 16 de noviembre de 2017

John Banville. La estética de un escritor contemporáneo

John Banville: La estética de un escritor contemporáneo

Por Pedro García Cueto

John Banville
John Banville
   John Banville ganó el Premio Príncipe de Asturias de las Letras por su obra, un premio que reconoce a un escritor de estilo meticuloso, de prosa deslumbrante y de mirada honda, uno de los mejores de nuestra narrativa contemporánea.
  Banville ha triunfado con sus novelas de misterio, con el seudónimo de Benjamin Black, en la línea de su añorado Raymond Chandler, donde las descripciones brillan con singular fuerza, para el escritor irlandés la literatura es un espejo de la belleza, solo así se produce el milagro literario, el deslumbramiento del lector ante las palabras luminosas de un inspirado escritor.
   Si en la novela negra, asistimos a un juego de luces y sombras, donde lo importante es el muerto, como él mismo ha confesado, donde el protagonismo del asesinado late en toda la novela, nos va dejando retazos de su presencia, lo sentimos en la piel, en sus novelas más literarias, si puede utilizarse esa expresión, Banville araña la condición humana, crea a través de unos personajes la trama interior que siempre late arañada de dolor, como ocurrió en uno de sus grandes libros, El mar, donde vemos y sentimos a los personajes, la evocación del ayer, frente al mar, como un eco sonoro que vuelve siempre, una experiencia mágica que produce la lectura afortunada, cincelada casi de Banville, todo un universo del lenguaje y de la imaginación.
El mar
   En El mar asistimos al mejor Banville, la novela ganó el Premio Man Booker en el 2008, es una meditación honda sobre la pérdida, acerca de la memoria y su punzante eco, a través de un personaje, Max Morden, el cual se retira a un pueblo costero en el que veraneó de niño con sus padres, es la huida de un hombre que ha perdido a su mujer, tras una larga y penosa enfermedad, pero también es el reencuentro con el ayer, con lo que ha marcado su vida, donde la infancia se vuelve un paraíso, que podemos reconstruir desde el presente, modelando sus aristas, envolviendo su luz en un espacio nuevo, que nace de la experiencia y de la vida ya dejada atrás.
   El mar es una novela que nos atrapa, sus páginas son como un cúmulo de arena que se adentra en nuestra piel, nos viste, se adhiere a nosotros para que sintamos su árido tacto, envuelto junto a la sal del mar, la novela nos acompaña, en su lectura, nos deja el rastro del verano, del sol y los atardeceres, de la mirada amorosa del niño que soñó con una mujer imposible, pero también del niño que amó y sufrió en silencio su impotencia ante un amor imposible. Entre el presente y el pasado, la novela nos transforma, nos hace ver lo vulnerables que somos, lo débil que es nuestro existir, un vano y presuntuoso esfuerzo para dotar de trascendencia a todo aquello que carece de ella.
    Max recuerda a la señora Grace, nos la describe con poderoso influjo y la vemos, la sentimos, captamos su olor, su tacto, toda ella, gracias a la prosa de Banville:
“La señora Grace apareció en la orilla. Había estado en el mar, y llevaba un traje de baño negro, ajustado y de un brillo oscuro, como una piel de foca, y encima de él una especie  de falda cruzada hecha de una tela diáfana, que se sujetaba en la cintura con un solo botón y se abría a cada paso que daba para revelar sus piernas bronceadas y bastante gruesas, aunque torneadas” (p. 31).
    Pero el recuerdo y la evocación no es solo una descripción física, sino un universo interior que la prosa del escritor irlandés va trenzando, como una madeja, un hilo fino que nos enreda irremisiblemente:
 “La señora Grace está sin aliento, y se hincha la tersa ladera de su pecho, color de arena. Levanta una mano para apartarse un pelo que se ha quedado pegado a la frente mojada y fijo la mirada en la secreta sombra que hay bajo la axila, azul ciruela, el tono de mis húmedas fantasías en noches venideras” (p. 35).
   No solo el recuerdo de la señora Grace y de su hija Chloe crean en la novela un universo apasionante, sino también el presente, la mujer que va muriendo, la esposa de Max, condenada por una terrible enfermedad de nuestro tiempo, donde sentimos cómo somos cuerpo, cómo toda nuestra vanidad es nada, cómo la vida comprende solo un espacio de lodo y dolor:
“Era algo que no debía haberle ocurrido, que no debería habernos ocurrido. Nosotros no éramos de ésos. La desdicha, la enfermedad, la muerte prematura, esas cosas le pasan a la buena gente, a los humildes, a la sal de la tierra, no a Anna, ni a mí” (p. 24).
   El mar es el fondo del dolor, el lugar de reencuentro, el espacio de la eternidad, donde nos contemplamos, para hacernos preguntas sin respuestas, donde nos vemos, para sufrir, con la quietud de un tiempo que pasa sin que apenas nos demos cuenta, llevando el dolor a cuestas, el cáncer que crece dentro, como un mal imparable, al ritmo de las olas, de las aguas que nadie ni nada pueden contener.
   Ver fotografías a través del dolor, eso hace Anna, sabiendo que los rostros amados ya son historia, que jamás verá las fotos que vendrán después, la muerte como un vendaval se llevará su cuerpo, quedará solo el eco de una foto, el sonido callado de una palabra que apenas podemos pronunciar:
“Anna esparció las fotografías a su alrededor, y las estudió ávidamente, los ojos iluminados, eso ojos que por entonces habían comenzado a parecer enormes, que comenzaban en el armazón del cráneo”.
   Las fotos que ve denotan el horror, la enfermedad latente, una mujer sin pecho, un bebé hidrocéfalo, la ira de Dios, la que cuestiona Banville como si fuésemos marionetas manejadas por un ser insensible y cruel, que llena el pecho de los curas, pero que maltrata a los seres humanos, los lleva a la cosificación más cruel.
   Novela dura, desgarradora, que nos deja una honda impresión, si el eco del mar nos salva de la crueldad humana en el pasado, en el presente, esta se manifiesta, nos hiere hasta el tuétano, tan inmenso es el desacuerdo entre nuestro sentir y el que nos ofrece un mundo que se acaba, de injusta manera.
   Queda el mar, el sol, la Naturaleza en su esplendor, la que vive Max, sabiendo que un día también serán epitafio, su propia tumba, el lugar que presenciará su muerte, recordando los versos terribles de Pavese: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”.
   Acabo con esa presencia, con ese aroma que fundamenta una novela dura, sin concesiones, pero luminosa, porque lucha en cada página contra la muerte, con el afán de permanecer, a través de la belleza del mundo:
“Era un ocaso igual a éste, la tarde de domingo cuando llegué para quedarme, después de que Anna se hubiera ido para siempre. Aunque era otoño y no verano, los rayos de sol, de un dorado oscuro, y las sombras negrísimas, largas y finas, con la forma de cipreses caídos, eran los mismos , y reinaba la misma sensación de que todo estaba cubierto de gemas y con el mismo azul ultramarino del piélago. Me sentí inexplicablemente ligero; era como si la tarde, empapada y goteando con su falaz patetismo, me hubiera quitado temporalmente el peso del dolor” (p. 126).
   Sin duda alguna, Banville sabe que mirando el mar nos volvemos leves, nos hacemos insignificantes, todo lo importante de nuestra vida se queda en nada, somos ligeros, porque allí empieza y acaba todo, en el vaivén de las olas, en ese transcurrir del día hacia el ocaso, donde la vida pierde su trascendencia y solo existir, sin nada más en nuestro interior, es lo importante.

ANTIGUA LUZ: UN LIBRO LUMINOSO EN LA PROSA DE BANVILLE

Antigua luz
   Alexander Clave es un viejo actor de teatro que recuerda su viejo amor, encuentra en una joven el eco del pasado, su vuelo interminable.
    Es una novela que retoma la importancia del ayer, la sensualidad, más acentuada que en El mar, de una época que fue luz y ahora es sombra, el peso liviano de toda trascendencia, en la línea de sus anteriores novelas.
   Lo más destacable es el esfuerzo de Banville por hacernos ver el mundo interior del protagonista, su vanidad, sus deseos, el fracaso de su universo, donde el teatro es el escenario de una historia que siempre ofrece flecos, nuevas sombras, luces de neón que llevan los telones rasgados, los de la pérdida de la felicidad.
   Antigua luz crece como un cáncer en nuestra retina, es la historia de una dolorosa ausencia, un latido que se deshace, un tiempo que se desvanece, unas luces que se apagan antes de finalizar la función.
   El esteticismo de Banville, su maestría para crear universos, está presente, como final de mi estudio, de una interesante y brillante novela que deja páginas inolvidables, cerca de la perfección que aquí se escapa, pero que casi toca la misma:
“Era junio, pleno verano, época de tardes interminables y noches blancas. ¿Quién puede imaginar lo que sentía un muchacho al ser amado en esa época del año? Lo que yo era demasiado joven para reconocer, comprender, era incluso cuando el año está en su mejor momento ya siente el impulso de su declive” (p. 135).
    En estas líneas está la clave de la novela, todo impulso muere, cuando está en alza, porque, nos dice Banville, la vida es un declive continuo, una evocación del ayer, un recuerdo del pasado siempre, vivimos el presente muriendo, haciéndolo pasado, queriendo preservar su belleza, como el enamoramiento de este hombre de teatro de una joven que es espejo de su antiguo amor, queremos recomponer las piezas, como en las fotografías que veía Anna, la mujer de Max, en El mar, fotografías horrendas que nos alivien, pensando que estamos vivos y que, al final, lo único que importa es estar, sin más pretensiones, mirando al mar y sentirnos ligeros.

BANVILLE: LA BÚSQUEDA DE LA BELLEZA EN LA PÁGINA EN BLANCO

   Banville logra el premio Príncipe de Asturias, por una prosa cuidada y esmerada, que busca permanecer, vencer al paso del tiempo, hacer de la página en blanco, belleza, todo un alarde que merece nuestra admiración, un gran escritor de nuestro tiempo, sin duda alguna.

UNA GRAN INFLUENCIA PARA BANVILLE: EL ESTETICISMO DE MALCOLM LOWRY EN BAJO EL VOLCÁN

Bajo el volcán
   Los caballos corren por la orilla del mar, Hugh e Ivonne miran en lontananza, se ve la sombra del volcán irradiando su poderosa luz, su fuego interior, no hay palabras, el lenguaje sobra, son los ojos los que hablan, los que tientan en la mirada de estos dos seres erráticos que saben que han perdido la partida.
   Novela especialmente compleja, hermosa, desde que vemos al doctor Vigil y Mister Laurelle hablar después de un partido de tenis, mientras rememoran la vida de Geoffrey Firmin, el cónsul, el hombre que amó a Ivonne, que recorrió las cantinas de la ciudad borracho, mirando el cielo, rojizo y resplandeciente, mientras todo México era una hoguera. Novela de difícil clasificación, escrita por un hombre, Malcolm Lowry que también estuvo en México, donde se emborrachó hasta la saciedad, que vivió ese culto a la muerte de la ciudad, esos desfiles macabros de la ciudad, ese continuo fulgor del volcán, testigo inolvidable de las historia de amor y de desamor de Geoffrey e Ivonne.
    Lo que pocos saben, al menos hasta hace poco, la noticia la sacó El País en sus páginas de Cultura, que Guillermo Cabrera Infante, el gran escritor, iba a hacer el guión de la novela, pero todo se truncó, hay una versión cinematográfica de John Huston con el excelente Albert Finney y Jacqueline Bisset, bella siempre, como el cónsul e Ivonne, pero la versión adolece de bastantes defectos y poco tiene que ver con la densidad emocional de la novela.
    Novela que rompe todos los esquemas, donde vemos cómo el diálogo sordo de dos seres que ya se desconocen, cuando Ivonne vuelve a Tomalin, para intentar reiniciar una relación rota por el alcohol y las alucinaciones. Vemos y sentimos en cada poro de la piel esos momentos de intimidad, mientras recorren los parajes maravillosos que han sido parte de sus vidas, sabiendo que se ha fragmentado ya su historia, como ocurrió en El cielo protector de Paul Bowles en el escenario tórrido de Marruecos.
    Viaje iniciático al infierno es, sin duda, la novela, hermosas imágenes de caballos corriendo por la playa, pero también de cantinas sucias donde huele a sudor y semen, donde los hombres pasean su ebriedad, sin vergüenza alguna, viaje de Dante, en este caso el cónsul, al infierno, pasando por un purgatorio, que nos ofrece soledad y tristeza, una belleza que posee esa bella mujer, morena, de bella estampa, dulce como un sueño, la Beatriz de Portinari de Dante.
     Lowry logra la mejor novela, desde el esfuerzo que supuso obras como Ultramarina donde cuenta su experiencia, dura desde luego, como marinero en un barco, también Oscuro como la tumba donde yace mi amigo, otro relato desesperado de dolor y tristeza, Lowry es un visionario, un alucinado, un hombre que, al escribir, conjura a los demonios, para sacar lo mejor y lo peor del ser humano, en una radiografía desesperada de las debilidades humanas, las suyas propias con el alcohol, con un lenguaje bello e hipnótico que nos atrapa y nos hace seguir leyendo.
Malcolm Lowry
Malcolm Lowry
    Puedo decir sin rubor que la he leído muchas veces y siempre encuentro nuevas sensaciones, que sus personajes se han convertido en míos, en seres conocidos y torturados, en seres que quieren ser mejores en un mundo que no puede ser peor, la Naturaleza siempre les salva, pero es testigo de la autodestrucción del cónsul, de su gran soledad. Confieso que es Bajo el volcán una de las novelas que me sigue doliendo dentro, pero que me salva de los fantasmas de la realidad, para adentrarme en los de la literatura, tanto como me emocionó el Cuarteto de Alejandría de Durrel, con personajes que pasean aún en mi memoria.
    No hay duda que el autor de Tres tristes tigres o el gran director americano John Huston, encontraron en la novela muchas lecturas, muchas imágenes, muchos espejos donde mirarse, por ello, buscaron la ímproba tarea de hacerla visible en el mundo del celuloide o en un guión inacabado, difícil trasladar el mundo de Lowry, un escritor que murió joven, alcoholizado, pero que le dio tiempo a escribir una obra maestra, este monumento al amor y al desamor en un paisaje de volcanes, una novela necesaria en tiempos tan banales como estos, donde muchos, ya robotizados, persiguen pokemons por las calles, época mediocre que necesita volver a la reflexión y a la gran literatura.

BANVILLE Y LOWRY: DOS GRANDES DE LA LITERATURA CONTEMPORÁNEA

    Estoy seguro que Banville mira a Lowry, a la belleza de sus imágenes, al portentoso mundo que refleja en una de sus más grandes novelas, Bajo el volcán, todo un testimonio de una obra maestra indiscutible, que necesita múltiples lecturas para entenderla en toda su dimensión, Banville es hoy un buen discípulo de Lowry por el cuidado de su lenguaje y por la belleza de su obra.