Queridos amigos y colaboradores:
lunes, 27 de julio de 2026
Revista Ómnibus n. 82
lunes, 4 de mayo de 2026
Omnibus n. 81
lunes, 3 de febrero de 2025
El imaginario de Lima ... de Sylvia Miranda Lévano
El imaginario de Lima y la ciudad moderna en tres poetas vanguardistas peruanos
En este Ensayo literario sobre la imagen de la ciudad moderna y, en particular de Lima, se ahonda en la poesía de tres poetas de la vanguardia peruana: Carlos Oquendo de Amat, César Moro y Emilio Adolfo Wesphalen.
7 de febrero a las 19:00 horas en la librería Martín Luis Guzmán, Fundación Casa de México, calle Alberto Aguilera, 20, Madrid
viernes, 31 de enero de 2025
Revista Ómnibus n. 76
| https://www.omni-bus.com/n76/home.html |
Queridos amigos:
Ya ha salido nuestro número 76 de la revista Ómnibus con artículos sobre Literatura, Arte, Reseñas y Novedades, Cine y Creación. Esperamos que disfrutéis de su lectura.
Gracias a nuestros colaboradores y lectores por acompañarnos en este viaje cultural durante esta larga trayectoria de la revista.
Equipo Editorial
viernes, 25 de octubre de 2024
Revista Ómnibus n. 75
Ya ha salido nuestro número 75 de la revista Ómnibus con artículos sobre Literatura y Lengua, Reseñas y Novedades, Cine y Creación. Esperamos que disfrutéis de su lectura.
Gracias a nuestros
colaboradores y lectores por acompañarnos en este viaje cultural durante estos
20 años de vida de la revista.
Equipo Editorial
viernes, 1 de abril de 2022
Homenaje a Mario Muchnik
EN
HOMENAJE A MARIO MUCHNIK
POR
PEDRO GARCÍA CUETO
Escritor español
El editor Mario Muchnik, nacido en
Buenos Aires en 1931 y fallecido el pasado 27 de marzo a los noventa años,
escribió su quinto libro de memorias, con el título Ajuste de
cuentos, publicado por la editorial El Aleph, a finales del
2013, lo que nos lleva a pensar que pretende hacer un juego de palabras, su
afición por la literatura, desde niño, pero también su deseo de rendir cuentas,
de sacar a la luz todo lo que lleva en su interior.
El libro es un reflejo del gusto del editor por las
ciudades, por el viaje, esa capacidad de ensoñación que tiene el que ve el
mundo con los ojos de la ficción, esa revelación que supone el despertar en
diferentes ciudades, Roma, París, entre otras muchas, como si latiese en el
mismo un deseo de ser otro, de vivir muchas vidas, a través de los ojos
escrutadores del escritor y del editor.
Pero el libro es también un canto de amor por el cine,
tanto es así que nos cuenta que su deseo de vivir en Roma vino de la visión de
la película de William Wyler, Vacaciones en Roma, o como le influyó la película
de Louis Malle, Los amantes, para enamorarse de París y de su compañera actual,
Nicole, como si surgiese de la película misma, así es la mente apasionada de Muchik,
donde combine la ficción y la realidad en un mismo instante.
Todas son postales de lugares donde ha sentido su
contacto con la vida, sin que la literatura y el cine, verdaderos bálsamos para
soportar la realidad, le hayan abandonado nunca.
“Natasha solía ducharse cada mañana con
la ventana abierta. Desde la ducha podía ver, a lo lejos, alguna cúpula del
Kremlin y una de las esquinas de la Lubianka. Era su costumbre enjuagarse las
axilas alzando un brazo después del otro, con la mano extendida. Con unos
gemelos un comisario la vio desde la Lubianka y mandó advertirle de que el
saludo fascista estaba prohibido. Se presentaron dos agentes en el domicilio de
Natasha y le hicieron la advertencia. Le dijeron que el saludo fascista estaba
prohibido, aun bajo la ducha. Desde ese día, siempre con la ventana abierta,
Natasha se enjuaga las axilas alzando un brazo después del otro, con el puño
cerrado.»
Para Muchnik, todas las ideologías que movieron el
mundo han caído en desgracia y solo queda el esfuerzo por ser feliz, a través
de lo que amamos, como muy bien nos deja claro este libro de memorias,
selectivas, pero de lectura amena y fácil.
La prosa de Muchnik es la del escritor
que hay detrás del editor, el narrador que se bebió literalmente las grandes
obras de la literatura, como Guerra y paz, de Tolstoi o su pasión
por la narrativa de Conrad, como deja claro en el libro. Como ejemplo, cito
unas líneas de estas memorias que debemos saborear porque Muchnik nos las
regala, como si fuese un cuento, el de la propia experiencia vital:
“Para ser enero, hace poco frío. Se
puede comer al aire libre, algunos, por lo visto, en mangas de camisa. Saint
Jean de Luz, sin embargo, suele ser en esta época no soleada, sino húmeda, a
causa del mar”.
La forma en que mira el paisaje de su país, como un
tapiz por donde pasea su mirada, hechizada de tantos libros, pero cuyo fulgor
solo lo da la realidad de las cosas, el olor de la tierra amada, el sabor de
sus cafés, la dulzura de su mundo cotidiano, tan lejos y tan cerca de los sueños:
“El «barrio Norte» de entonces aún
conservaba rasgos de la vieja Buenos Aires. La calle Ayacucho hacia arriba,
pasada Santa Fe, más allá de Las Heras, tenía la elegancia de una holgura sin
alardeo. Más recogida al otro lado de Vicente López, habría preferido esconder
el lujo ostentoso que se filtraba por las puertas cocheras de ciertas casas
modernas cuando las señoras salían de compras. Pero de la cercana estafeta de
correos emanaba el tufo característico de la administración pública expoliada
desde siempre por los responsables del erario; un viejo café volcaba sobre el
paseante el olor agrio de la caña y la leche hervida; una tintorería donde se
planchaban cortinas de hilo europeo derramaba, al compás de un tango viejo, el
hedor de los recalentados tanques de lavado. Sobre un alféizar, en una ochava
de la que nadie habría podido expulsarlo salvo enfrentamiento a cuchillazos, un
canillita exponía la prensa del día.
El tráfico en los aledaños era
cualitativamente más o menos como el de hoy, si bien mechado por el ronco,
ubicuo traqueteo de los tranvías, unas carrindangas destartaladas de madera
cuyo techo parecía seguir con cierta independencia el movimiento del piso,
vaivén que falseaba la escuadra de las ventanillas pero no, desde luego, la de
los cristales, con lo que, intermitentemente, entre el vidrio y el marco
descuajeringado aparecían y desaparecían ranuras triangulares por las que en
invierno se filtraban ráfagas polares. No era insólito que el trolley -un asta
larga articulada sobre el techo y terminada en una ruedecita acanalada encajada
en el cable eléctrico que, varios metros por encima de la calzada, seguía el
trayecto del tranvía se zafara y así cortara la corriente. En esos casos, el
contralor o guarda saltaba a la calzada, atrapaba el cabo que colgaba del
extremo del trolley y, haciendo malabarismos, contorsiones y ejercicios de
puntería, volvía la ruedecita al cable y permitía proseguir la marcha. Todo
ello tenía su gracia”.
En este texto, vemos la importancia de la ciudad, de
sus rincones, de ese Buenos Aires que nos va dejando asombrados, porque
sentimos la presencia de los tranvías, con su traqueteo, también el invierno,
calando en la mirada, sin olvidar la importancia de los sentidos, porque todo
late en la buena prosa de Mario Muchnik, desde el sabor de la leche, hasta el
olor del café, son lugares donde la evocación se convierte en presencia viva,
nos llegan los sonidos del tango viejo, aquel que es recuerdo, pero que, con su
música maravillosa, hacen de Buenos Aires, una gran capital del mundo.
Para el editor, cualquier vivencia cobra relevancia,
porque la vida está hecha de pequeñas cosas, que se adhieren a la piel, que nos
van dejando su huella perecedera sobre nuestro doliente corazón.
El libro es un canto a Natascha, a su mirada, al eco
que deja en la mirada asombrada ante la vida de Mario Muchnik, ese editor que
ha conocido los sinsabores de la profesión, pero que, en la línea de otros
libros de editores, como nos hizo ver y sentir las memorias de Juan Cruz o de
Esther Tusquets, nos va dejando la semilla de una vida bien vivida, donde la
nostalgia no olvida el vivir, el deseo de seguir siendo, de estar presente en
cada acto de la existencia.
Estamos ante un “libro de flecos”, como
nos ha recordado Juan Ángel Juristo en una crítica certera sobre el libro
publicada en el suplemento cultural del periódico El Mundo, porque anida en el
mismo, muchos apasionantes espacios, donde cada historia retoma su labor de
recuerdo, de poderosa imagen que nos envuelve en ciudades inolvidables, en
películas que han dejado huella, como su querido cine francés, donde tantos
soñaron en los años sesenta y setenta al impulso de Truffaut, Godard y Louis
Malle, en su inolvidable Nouvelle Vague, mucho más que una forma de
hacer cine, sino una forma de vivir la vida y sentirla, como nos ha recordado
hasta la música de Aute en su famosa canción “Cine, cine, cine”.
Y nos habla de Los amantes,
película que se filtra como un relámpago en nuestro recuerdo, para hablarnos de
la inolvidable Jeanne Moreau, como si la cinta fuese el espacio de encuentro
con su querida Nicole, mirada plenamente romántica al mundo, incluso ingenua,
cuando recuerda “Vacaciones en Roma”, el cine y la vida, unidos plenamente para
dejarnos encandilados de ternura y amor hacia la vida y la ficción que también
sirve de bálsamo en nuestro sentir, donde viven pasiones tan plenas como el
cine o la música.
Y la literatura, Guerra y paz,
obra leída y admirada, los grandes clásicos que viven plenamente en el lector
apasionado que es Muchnik, proveniente de un país, Argentina, tan plenamente
implicado en la cultura como forma de vida, donde conviven el editor y el
lector, en plena armonía, nos habla de Conrad y lo hace con la admiración del
que entiende su mundo interior, ese afán visionario del viajero, que también
vive en Melville y su gran fresco, Moby Dick, todo un alarde de
cultura y de amor por los libros, como si fuesen tesoros llenos de luz que
debemos ir descubriendo poco a poco, para enamorarnos plenamente de ellos.
Mario Muchnik, el hombre que ha llorado
leyendo un libro, el hombre que deja en estas páginas el maravilloso sabor de
sus vivencias, de sus ecos, del fulgor de un mundo que ha amado y ha conocido y
al que no quiere renunciar, pese al impulso brutal de un mundo que nos niega ya
el tacto del libro, vorazmente amenazado por el higiénico tacto, pero falto de
alma, del e-book, Muchnik lo sabe y sigue siendo el editor
cuidadoso que ama el papel, que lo mima, para que conserve su luz, el fulgor de
la página, el amor por cada instante vivido, como logra trasmitirnos en estas
memorias selectivas, pero de indudable calidad.
Sin duda, Muchnik conoce la belleza del paisaje, su
luz interior y nos transmite en este libro su amor por la ciudades que ha
conocido, pero también su pasión por lo que ha leído, ha visto en películas
inolvidables, en realidad, un ajuste de cuentos, no de cuentas, porque solo
mira a su interior, a su forma de ver la vida, para que, nosotros, los
lectores, podamos sentir su luz, la que ilumina el libro, surcado de sueños y
realidades, al unísono.
En el libro, el editor va logrando que las palabras
expresen ese mundo vivido, un universo que va desplegando como un mosaico,
donde nos emociona ver la luz que queda en ese universo de recuerdos, donde el
cine y la literatura conviven para trazar la armonía del lenguaje, la evocación
de todo ello en nuestras miradas asombradas. Sin duda alguna, estamos ante un
libro de gran calado, que seguirá teniendo sus lectores, admirados por la buena
prosa del gran editor y por su amor por el mundo, por la cultura que emana de
este universo de recuerdos que llega al corazón en la pluma de Mario Muchnik,
de lectura absolutamente necesaria para entender el amor por la vida y por la
ficción que hay en ella. Muchnik se nos ha ido, pero queda con su gran obra.
domingo, 10 de enero de 2021
Estanterías vacías de Ricardo Bellveser
LA VIDA ES UNA PÁGINA DE UN LIBRO
POR PEDRO GARCÍA CUETO
Llega gracias a la editorial Olé Libros. que está haciendo una gran labor de difusión de grandes poetas, el último libro de poemas de Ricardo Bellveser, uno de los grandes poetas valencianos contemporáneos que ha cultivado no solo la poesía sino también la novela y el ensayo, además de haber sido periodista muchos años. Fue también director de la Institución Alfonso el Magnánimo donde se creó un espacio cultural muy brillante en la capital del Turia. Bellveser escribe ahora Estanterías vacías, un libro que surge de la donación de muchos de sus libros, de una gran parte de su biblioteca, como si algo esencial en su vida fuera despojado para siempre.
El prólogo de José Antonio Olmedo es certero, lúcido, ahonda en la idea del tiempo que vertebra la poesía de Bellveser. Como dice en una de las páginas del prólogo: “Ser leído es volver a vivir en otro cuerpo”. Cierto, porque la lectura es un acto litúrgico, de acercamiento al ser que escribe, de un contacto tácito con las manos que han hecho posible el poema. La gran corriente afectiva pero también intelectual entre Olmedo y Bellveser se palpa en el prólogo, podemos sentir cómo dos mentes lúcidas aproximan sus oídos a un diálogo de enorme lucidez. No en vano, Olmedo es el artífice de un ensayo sobre la obra del poeta valenciano que está a punto de editar Olé libros de la mano de otro amanuense, Toni Alcolea.
Con estos mimbres, el tejido del libro solo puede deparar sorpresas, certidumbres, claridades. Al entrar en el mismo nos encontramos con el primer poema que nos deslumbra titulado “Las estanterías vacías”:
“Mi biblioteca viva. / tenía su voz y sus truenos, ahora / el silencio se ha ido adueñando / de los estantes, y apenas percibo / su jadeo, como el de quien retrepa / el empinado barranco de la melancolía”.
Esa biblioteca que se vuelve corpórea, como un ser vivo, donde los tomos son como seres que han ido acariciando la mano del poeta, que han iluminado sus ojos, ahora se convierte en un vacío, tan cruel como la muerte de un ser querido, donde oímos su voz como un eco que ya es solo eso sin una presencia que la adorne de luz. La decisión de la donación se torna en dolorosa, porque viene también en un momento difícil de la vida del poeta donde se plantea la existencia, cuál es el lugar que ocupamos en el mundo.
Como el que ama sin saber que lo que le pertenece es efímero, Bellveser se siente dolido porque ahora sí comprende que los libros que a veces estaban allí indiferentes lo eran todo para él:
“¡Ay literatura!, ay libros / perdóname porque no te haya / dignificado lo que te mereces”.
La vida se convierte entonces en un espacio vacío sin libros, solo queda recordarlos, memorizarlos, como mostraba Bradbury en su famosa novela que llevó al cine Truffaut, libros que siguen con nosotros, que nos acarician como fantasmas. Para el poeta valenciano, literatura y vida son un solo paso, una convergencia que culmina en el poema “Vivir en los libros leídos y no”:
“Vivir y leer, una misma cosa, leer es vivir / por medio de otros, de prestado tal vez, / vivir en lo ajeno, cuando esas líneas / entran en nosotros y en nosotros se quedan.”
La literatura se convierte en vida y vivimos más lo que leemos que lo que nos rodea, se nos aparece la Maga de Cortázar o el Quijote de Cervantes, la realidad se torna un espejismo y la lectura todo.
El poeta enviuda de su propia vida, como dice en el excelente poema titulado “La vida según Borges”, pero luego llega en otra parte del libro el sentido del tiempo, la sensación de haber vivido y no saber si ha sido el camino correcto, si ha servido para algo en realidad. En el poema “Libros y virus”, dice el poeta:
“Ahora lo voy entendiendo: / he vivido, si no mucho, sí lo bastante, / pero apenas he aprendido nada”.
Ante la inminencia de la vejez y de la enfermedad, Bellveser se confiesa confuso, envuelto en las briznas de un tiempo que se borra, que apenas se vislumbra, el pasado se pierde en la neblina. Por ello, en los poemas “La enfermedad” y “En los quirófanos” late el hombre cuya conciencia sigue intacta, su lucidez a flor de piel, pero el cuerpo se convierte ya en un extraño, porque traiciona el deseo de seguir, impone el dolor como aventura vital. Dice “En los quirófanos”:
“Al regresar del sueño / he comprobado que mi carne / tiene prisa por reunirse con la muerte”.
Bellveser sabe que todo es derrota al final y en el momento en que nos vemos desnudos ante la adversidad nos vemos consolados por el recuerdo, por los afectos y por esos libros que ya no ocupan espacio en su estantería, pero que le persiguen ya sin rencor alguno.
Impresiona también por la gran honestidad de este libro que nace de un momento vital duro el poema “La soledad total” donde la certeza de Darío en “Lo fatal” cumple su rito, estamos abandonados a esa soledad definitiva del nicho donde la vida solo sea un espacio concluido, finalizado, del que ya apenas quedará nada:
“La soledad total es la soledad del nicho, / preludiada por el sonido de la caja / al entrar en la última atmósfera sin aire, / es la soledad de un libro no leído…”
Sin duda, el ser se va definitivamente y deja en los otros un eco que con el tiempo se hace más distante, pero que al igual que un libro no leído pasa a formar parte del olvido. En la senda de Cernuda y de su magnífico “Donde habite el olvido”, Bellveser se pregunta qué es la vida, qué sentido tiene todo lo que ha pasado y lo que queda por pasar.
El libro lleva un aliento pesimista pero lúcido, hondo, que deja un hueco para el optimismo y ese es el recuerdo como deja caer en el poema “…Y llegará la lluvia”:
“Nunca hemos sido tan libres / como cuando nuestros cuerpos / estaban nuevos, sin amenazas / ni espejos que recitaran sus verdades”.
Ese tiempo ido, quizá el de la niñez o el de una juventud libre y sin miedos le llega, ahora es eco cuando pasea y ve a una pareja que se mira a los ojos. Quedan briznas entonces de un esplendor que él también vivió.
Y concluyo, pese a que hay muchos poemas que merecen ser comentados (el que dedica al reloj es también estremecedor), con un homenaje a la poesía, porque es ella la que queda, la que permanece junto al poeta en esa soledad del tiempo y del dolor. Así concluye esta declaración de amor que hace de este libro el más verdadero de todos, porque la hondura de los poemas viene transida de emoción y de verdad:
“Todo se lo debo a ella. / de la vida a la toma / de altas torres de arrogancia. / el haberme permitido / que le hiciera el amor. / como a una muchacha / a la que le vibraran los pechos / al caminar de la carne”.
Es la poesía entonces el último refugio, el que nunca abandona, el espacio donde uno puede abrazarse hasta el final, cuando ya no seamos más que una memoria sepultada entre ortigas, como diría el maestro Cernuda.
El libro es un paisaje emocional que nos rompe por dentro porque expresa la certidumbre de un hombre que ya conoce su destino y que se aferra a la vida, a esos libros que no están pero que permanecerán para siempre, incluso los no leídos, esperando la caricia del poeta, como si fueran una luz en la oscuridad que al final lo resume todo. Ricardo Bellveser hace de Estanterías vacías el mejor canto a la vida, a su efímero pasar y a ese mundo que le ha dado todo, pese a que las páginas no leídas sean también las que no se han recorrido. Un gran libro de un gran poeta.
TÍTULO: ESTANTERÍAS VACÍAS
AUTOR: RICARDO BELLVESER
EDITORIAL: OLÉ LIBROS
AÑO: 2020.
jueves, 15 de octubre de 2020
Galdós, a propósito de “Miquiño mío”. Cartas de Emilia Pardo Bazán
Por Sylvia Miranda
Escritora
peruana
Este
año 2020 que se va cerrando, y que muchos desearíamos que no hubiera comenzado,
aludiendo al Covid-19, se conmemora también el centenario del fallecimiento del
escritor canario Benito Pérez Galdós (1843-1920). El escritor más destacado de
la novela realista española del siglo XIX. Para mí, su nombre estuvo siempre
asociado a su novela Fortunata y Jacinta (1887),
que pude leer de adolescente en Lima a principios de los años ochenta, en una
edición popular. El recuerdo de esta novela, se me revela triste, las imágenes
de una ciudad donde campaba la miseria y la desigualdad social, y unos personajes
femeninos, en varios sentidos frágiles, llevados a situaciones extremas e
injustas.
Es
cierto, ahora que se habla tanto de la identificación de Galdós con Madrid, que
él supo expresar una imagen profunda de la ciudad, de un pueblo más allá de las
fronteras señoriales de la ciudad burguesa. Pero, el Madrid de Galdós, un siglo
y medio después, ha quedado necesariamente reducido al centro histórico, lo que
hoy llamaríamos el Madrid turístico. Como parte de la conmemoración del
centenario, se ha publicado un itinerario del escritor por la ciudad con el que
podemos pasear por los lugares que fueron importantes en su vida.
Sería
una forma grata de pasear por Madrid con los amigos, como se ha paseado siempre
en Madrid, bajo un sol luminoso y resueltamente, si no estuviéramos de nuevo en
estado de alarma; aunque es cierto, se podría pasear en petit comité, enmascarados al estilo Zorro, pero con la mascarilla
sobre los labios y recatadamente; lo que no fallará es el sol. El sol de Madrid
que es la bendición de Madrid. Podríamos pasar por la Pensión de la calle de
Las Fuentes, 3 donde vivió el escritor cuando llegó a la capital, o ir a la
calle San Bernardo, 49 en la que se encontraba la Universidad Central y donde
se matriculó en derecho, o poner pie en la calle Marqués Viudo de Pontejos, 1
donde vivía la dulce Jacinta Santa Cruz o, mejor aún, ir a la Iglesia de
Nuestra Señora de las Maravillas (hermoso nombre), Plaza del Dos de mayo, 11,
esquina con la calle Palma, donde Galdós se citaba clandestinamente con la famosa
escritora gallega Emilia Pardo Bazán (1851-1921).
Pero,
a falta de la algarabía y la holganza callejera, quería proponer otra forma de
acercarse a la figura de Galdós, una manera más íntima y muy ligada a Madrid
también, a través de este espléndido libro que han editado y reeditado por
tercera vez, y que se ha vuelto a agotar, que es “Miquiño mío” Cartas a Galdós. En él se reúnen todas las cartas
conocidas que la Condesa Emilia Pardo Bazán le escribió a Benito Pérez Galdós
durante los largos años de su relación afectiva.
Esta
edición de Isabel Parreño y Juan Manuel Hernández tiene el gran mérito, así
comprendido por los lectores, de contar con un prólogo interesante y cercano,
que aporta profundidad a la figura de ambos escritores, haciendo más accesible
y más clara la correspondencia. Asimismo, nos acerca a un proceso minucioso en
el que la investigación y sus azares se entrelazan para depararles a los
editores una intensa experiencia de vida, al adentrarse en los entresijos de
una relación de admiración, amor y fidelidad que descubren estas cartas.
Como
ellos mismos comentan “en los objetos no permanece de su dueño más que lo que
nuestra imaginación quiera añadir. La costumbre de conocer la casa de los
escritores tiene que ver más con el visitante que con la indagación sobre la
vida de los autores”(pp. 10-11). Me parece muy acertado, y esto se puede aplicar
también a los investigadores, que con su mirada, con su apreciación personal,
son capaces de otorgar una nueva visión del asunto, alumbrar una perspectiva
singular. Creo que Parreño y Hernández se enamoraron de la figura de esta mujer
excepcional para su época y llegaron a trasmitirnos, a través del comentario
fino y de la organización tripartitade la correspondencia, una visión renovada
de aquella relación que unió a Emilia Pardo Bazán y Benito Pérez Galdós.
Hubiera
sido maravilloso que las cartas de Galdós a Doña Emilia se hubieran conservado
y publicado, quizás fueron destruidas como simples papeles viejos, eso nos
hubiera dado la visión precisa de esta relación que se inició epistolarmente en
1883 con una carta de agradecimiento de Galdós a Doña Emilia y finaliza en
1915, con una misiva de Doña Emilia al escritor. Son 93 cartas, de las cuales
sólo una, la que abre la correspondencia de este libro, es del escritor
canario. Sin embargo, y eso es lo sorprendente, el epistolario basta para
darnos no sólo una idea muy clara de las grandes cualidades humanas e
intelectuales de Doña Emilia sino que también, a través de ella, de su
intimidad con Galdós, nos permiten esbozar la figura del escritor, percibirlo a
través de preocupaciones compartidas, anhelos, cambios y constancias. En las
cartas de Doña Emilia, reverbera la voz de lo que no llegó a nuestros ojos; de la
confianza y la intimidad de su relación emerge parte del ser humano que fue
Galdós.
Surge
también, como ruido de fondo, como anécdota, como detalle de circunstancia, ese mundo decimonónico, de una España y de un
Madrid, en particular, que se van abriendo a la modernidad a través de la
literatura y de los criterios que sustentan la novela realista, de la intensa
actividad periodística, del teatro y de las primeras luchas por la igualdad de
los derechos entre hombres y mujeres de la que fue pionera Doña Emilia; refleja
también las mezquindades del mundillo intelectual y literario, y el ansia de
descubrir Europa más allá de los Pirineos, dejándonos entrever ese siglo XIX de
los libros de viajes, de los barcos, de los trenes, de las crónicas.
![]() |
| Emilia Pardo Bazán y Benito Pérez Galdós |
Lo
imposible y lo temible era que no nos viésemos, que suprimiésemos la
comunicación, cuando nuestras almas se necesitan y se completan, y cuando nadie
puede sustituir en este punto a tu Porcia. No deseo ciertamente que me hagas
una infidelidad, no; pero aun concibo menos que te eches una amiga espiritual,
a quien le cuentes tus argumentos de novelas. A bien que esto es imposible;
¿verdad, mi alma, que es imposible? (p. 116).
Por
su parte, Don Benito, la acompasa con su carácter, que se percibe mesurado,
reservado en muchos casos, pero en el que se presiente siempre su apoyo,
respaldándola por ejemplo en lo que llaman “la cuestión académica”, o
compartiendo criterios sobre la importancia de la masa popular como “cantera
donde se reservan las energías nacionales” (p. 72) o comprometiéndola en
proyectos, como aquel viaje furtivo que emprendieron juntos a Alemania y que
ella recuerda de esta manera:
Hemos
realizado un sueño, miquiño adorado: un sueño bonito, un sueño fantástico que a
los 30 años yo no creía posible.- Le hemos hecho la mamola al mundo necio, que
prohíbe estas cosas; a Moisés que las prohíbe también, con igual éxito; a la
realidad, que nos encadena; a la vida que huye; a los angelitos del cielo, que
se creen los únicos felices, porque están en el Empíreo con cara de bobos
tocando el violín… Felices, nosotros. (p. 151).
También
está la propuesta de Doña Emilia, llena de entusiasmo, para llevar Realidad al teatro. Cartas llenas de
picardías, de alardes verbales, de sobrenombres amorosos, de preocupaciones por
la salud, salpicadas también de situaciones más coyunturales, como la ayuda que
le pide Doña Emilia y que parece brindarle Galdós para encontrar una casa en la
que ella pueda instalarse cómodamente en Madrid. Lo bello de una
correspondencia es que trasmite la vida en su plenitud, llena de energía y de
locura, así, para el lector, todo vuelve a suceder como en un presente que ha
quedado encerrado en unas páginas.
El
libro está dividido en tres partes, que muestran el proceso de esta relación
que duró cerca de 32 años, si nos ceñimos a las cartas pero que, en realidad,
duró hasta la muerte de Galdós en 1920. Va desde los inicios de la amistad,
pasando por la de la época del amor declarado y las citas disimuladas en “Palma
street, junto a la Iglesia de Maravillas”, al que le seguirá el de la ruptura,
la reconciliación y la última, la del distanciamiento de Don Benito y la
fidelidad a la amistad de Doña Emilia que comienza a expresarse en estas líneas
de diciembre de 1893:
Y V., ¿no
experimenta también deseo de abrir su alma de artista, a alguien que no le
envidie y que le entienda y le mire como cosa propia? Es posible que no; yo no
me creo indispensable; nuestro carácter es distinto; V. se basta, por ser
naturalmente reservado y porque gustó de la soledad antes que se la hiciesen
grata las mil decepciones de este pícaro métier. Sea como sea: yo… le quiero
mucho (no al métier sino a V.)”. (p. 205)
Este
libro es, a su modo, también un homenaje a la figura de Galdós y una forma de
celebrarlo en la intimidad de la lectura, que de nuevo se nos presenta como el
acto que pese a todos los pesares nos hace libres, nos cuelga alas, nos lanza
al vuelo.
Madrid,
octubre de 2020
*Emilia
Pardo Bazán, “Miquiño mío”. Cartas a
Galdós, edición de Isabel Parreño y Juan Manuel Hernández, Madrid, Turner
Noema, tercera edición, 2020, pp. 231.
lunes, 18 de noviembre de 2019
Harold Bloom
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| Harold Bloom |
“Shakespeare y Dante son el centro del canon porque superan a todos los demás escritores occidentales en agudeza cognitiva, energía lingüística y poder de invención”.
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| William Shakespeare |
martes, 1 de octubre de 2019
Pez/Poisson de Mariela Dreyfus
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| Pez/Poisson |
De Memorias de Electra (1984), primer libro de Mariela Dreyfus, recuerdo estos versos: «(…)// Sólo nuestros cuerpos voraces y al centro mi memoria/ compitiendo como una máquina de pinbol/ súbitamente enloquecida.// Hemos cogido el instante/ y yacemos desnudos/ burdos semidioses.» (de « Poética ») ; y de un libro muy posterior, Placer fantasma (1993), he retenido las siguientes líneas, de la parte final, del poema «Este ruido no cesa»: « Entra en mi pesadilla../ En este ojo cíclope que todo lo deforma. / Como un perro que aúlla en la boca de un túnel/ o una ventana que arroja su música sobre la noche hambrienta.// Arden en mi pupila otra vez/ la inocencia convertida en cuchillo; la ternura/ en asfixia; el deseo en chacal.» Leyendo, ahora, Pez/ Poisson, libro bilingüe de la poeta, tengo la impresión (y no explico nada), que la fragmentación es parte de su experiencia poética en las últimas décadas; cito: « (…)// El gran río que arrastra entre su oleaje metáforas de vida a esta hora arrastra sin embargo/ dislocadas falanges vagos rostros rasgadas pantorrillas que por su lecho avanzan// Légamo tálamo limo: ¿qué se hará dime entonces el polvo de la tierra adónde volverá ? » (p. 56). El tono de la última línea, es sin duda, elliotíano[2] …, « actualizado », si podemos decir. Cito seguido, in extensius (léase la p. 42; las itálicas son de la poeta): « Ciudad metálica: como una madre de espaldas a la vida en tu interior se gesta una masacre./ El altísimo altar de sacrificio es de neón y plexiglás caben en él miriadas de seres esperando en/ la frente una señal.// Temo por tu consistencia. El horror de haber engendrado un niño-monstruo que anida en mí. Que tus/ ojos no puedan ver la luz…// Ciudad metálica: los cables han sido cortados las calles se cierran los coches se atascan en la boca del infierno.// (…) Se expresa poéticamente la experiencia de la maternidad, en tiempos del horror post 9/11 (2001), New York under terrorist attacks…
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| Mariela Dreyfus |
dime hacia dónde nado.
-Cuando yo era pequeña, responde la mujer
Amaba mirarme en una frase rota.
Mi abuela me enseñó a hacerlo.
Para el tiempo de desgracia, decía ella. Es
por eso que te doy mis palabras. » (X. Orville, La tapisserie du temps présent, Paris, Éds. Bernard Grasset, 1979, novela, pp. 59-60; la Traducc. es mía).














