sábado, 16 de julio de 2016

Jenaro Talens: la poesía como forma de conocimiento

JENARO TALENS: LA POESÍA COMO FORMA DE CONOCIMIENTO 

Por Pedro García Cueto
       
     Hablar de Jenaro Talens es hablar de un escritor gaditano, nacido en Tarifa, en 1946, que, tras dos años en esa ciudad, iría con su familia a Granada donde estudiaría en el Colegio La Inmaculada de los Hermanos Maristas, por la que pasó desde los seis a los diecisiete años, en que acabó el Preuniversitario.
     De allí le llegó la amistad con un gran poeta granadino, Rafael Guillén (trece años mayor que él), vecino de los Talens en el barrio Cercado Bajo de Cartuja y que fue, sin duda, su profesor particular. Así lo cuenta Jenaro Talens: “porque me leía, me corregía, me pasaba libros y, en una palabra, me trataba como si yo fuese alguien y me dedicaba un tiempo precioso con una generosidad que nunca he vuelto a encontrar en ninguna parte” (Reminiscencias granadinas con música de Debussy, Los Papeles Mojados de Ríoseco, nº 4, Estepa, junio del 2001).
      Hubo otro poeta, Antonio Carvajal, más contemporáneo por edad a Jenaro, con el que compartió discusiones literarias por las calles de Granada.
     El escritor gaditano realizó una gran labor en Valencia, donde ocupó un puesto de profesor en la Universidad de dicha ciudad y es catedrático de Literatura desde 1982 (antes había sido profesor adjunto desde 1978).
       También en Valencia fundó, junto a sus amigos César Simón (entrañable compañero de Jenaro en tantos momentos cruciales de su vida) y Pedro J. de la Peña, la colección Hontanar de poesía.
       Mientras tanto, en 1971, la Universidad de Granada editó un resumen de su Tesis doctoral sobre Luis Cernuda.
       La labor académica y literaria de Jenaro Talens ha sido imparable y muy prolífica desde entonces. Ha escrito más de veintitrés libros de poesía y múltiples ensayos literarios y estudios de cine (dirige también la prestigiosa colección de Cátedra de cine, “Signo e imagen”). Hay que destacar también su labor de traductor de grandes poetas: Rilke, Holderlin, Beckett, etc.
      Fue en Valencia donde cambió su plaza de catedrático de Historia de la Literatura por la de Teoría de la Literatura, y creó el Departamento de Teoría de los Lenguajes y una licenciatura en Lenguajes Audiovisuales, de la que años después surgiría Comunicación Audiovisual.     
       En referencia a su obra poética, que es la que realmente me interesa de este estudio (pese a todas las propuestas apasionantes que ha realizado el prolífico profesor y poeta afincado en Ginebra actualmente). Ésta ahonda en el misterio del conocimiento, en el “deseo de ser”, como señaló muy bien Juan Carlos Fernández Serrato en el prólogo a su Antología poética (1960-2001) aparecida en Cátedra, Letras Hispánicas, en el 2002.
      Para  Víctor  Manuel  Silva  Echeto y  para  Rodrigo  Francisco Brown Sartori, en un artículo aparecido en la revista Espéculo el 3 de mayo del año 2004, la escritura talensiana es una indagación sobre aquello que no se dice y que debe completar el lector: “En la escritura talensiana –como si de un manual se tratara- cada lector reconstruye, en su propio silencio, los textos, es decir el yo que se acerca al texto es una pluralidad de otros textos, de discursos y sentidos abiertos” (Espéculo, nº 21).
     Estoy convencido de las lecturas diversas que los poemas de Talens tienen, pero sí es posible centrar su discurso en temas concretos: el tiempo, el amor, el espejismo del yo, el desdoblamiento del poeta en busca de otro ser que le mira. Este último tema nos recuerda a algunos poemas de César Simón, concretamente, en Extravío, donde el poeta se asombra de su existencia o esa sensación de ver su propio entierro como también manifestó José Hierro en el magistral Libro de las alucinaciones, concretamente, en el poema: “Mis hijos me traen flores de plástico”.
     Con esos temas claves, Jenaro Talens ha construido un universo poético complejo y de gran lirismo, donde los poemas tienen eco y se convierten en melodía, son, a veces, susurro para la intimidad y, otras veces, espacio de discurso, con resonancias filosóficas acerca de nuestra compleja y, a veces, absurda existencia en el mundo.
     Si en el libro Víspera de la destrucción dice, en el poema “Meditación del solitario”(dedicado a su buen amigo y profesor de Literatura de la UNED, Vicente Granados) lo siguiente: “Alrededor del mundo, / silencioso paisaje / de tristeza, se alza / sin amor. El ropaje / con que al mirar vestimos / nos aísla” (vv. 64-67).
      Para el poeta, hay una sombra en nuestro paso, una sensación de ir desdibujándose, como si no fuésemos reales, convertidos en fantasmas de un tiempo que se va. Y, además, somos temporales, nuestra vida se va perdiendo, en el camino inexorable hacia la muerte: “Y cae / la luz y los perfiles / se borran y no hay nadie / ni nada. Sólo el hombre / y sus dos realidades: / la soledad, la muerte, / turbio río secándose” (vv. 72-78).
      La presencia de otro elemento, el mar, inunda este libro, lo que nos induce a pensar que Talens es un hombre embriagado por la luz de su Tarifa natal, donde el océano, como en el espacio levantino, tiene alma y susurra su letanía al que lo contempla.
     Dice Talens con profundo lirismo: “Ver la nube / lacia, como si el mar / fuese a la tarde un buque / encallado entre labios / de espuma” (vv. 12-16).
      Esta comparación nos regala el profundo aroma del crepúsculo en la que el mar esplende, hecho cuerpo. Y aquel lo es todo, es pensamiento, pero también sensualidad: “En ti concluye / todo, el amor, el tiempo, / el chamariz que cruje / bajo el zarpazo tímido del sol / y ese insomnio de piedra / que ha de fluir y acrece / lo que es dolor, y duele, y se consume” (vv. 18-24).
     El mar es la vida, vastedad del tiempo que erosiona nuestro sentir, que da placer y dolor, como el espacio de luces y sombras en que consiste nuestro vivir.
      Hay otros libros que van consolidando el estilo poético de Talens: Una perenne aurora (1969), Ritual para un artificio (1971), Taller (1972-1973) y El cuerpo fragmentario (1973-1975), donde, a  través  de  una  poesía  ciertamente  compleja  va abriendo la senda de sus temas principales:  el cuerpo como manifestación de la vida que sólo se completa en otro cuerpo, el lenguaje como una muralla que debemos vencer para abrir sus costuras y crear un lenguaje nuevo, exento de la hipocresía y el cinismo del lenguaje antiguo y, como tema esencial, la búsqueda de la identidad, el ensimismamiento del hombre que busca en el otro la certidumbre de su existencia.
      Este último tema (hay que insistir en la importancia del espejo en la obra poética de Talens) también recorrió la obra de su gran amigo César Simón.
     Sin duda alguna, esta afinidad temática entre Talens y Simón refuerza la idea de unos lazos que se gestaron por la íntima amistad y por una visión del mundo honda y con esencias metafísicas.
     No en vano, otro poeta valenciano, Francisco Brines, está inmerso en la búsqueda del yo, en los poemas en los que crea un alter ego, aquel que representa al hombre anciano que llega a la casa (metáfora de la vida) en los poemas de su libro Las brasas (1960). Aunque en Brines predomine esa elegía a la infancia, paraíso perdido de la vida, sí hay una obsesión por la mirada, por el espejo que refleja el incierto yo que también dejo hondas esencias en la obra poética de Talens y de Simón.
    No hay que olvidar la importancia de la fotografía como espacio de inmortalidad en César Simón y en algunos poemas de su gran libro ExtravíoProximidad del silencio (1980-1981), Tábula rasa (1983), La mirada extranjera (1984-1985), Orfeo filmando en el campo de batalla (1992-1994), Viaje al fin del invierno (1995-1997), Profundidad de campo (1997-2000). Mecánica menuda (2000), De una obra en marcha (2001), etc, pero quiero detenerme en algunos poemas de estos libros.
   Sería muy extenso hablar de cada uno de los libros en una obra tan prolífica como es la de Talens:
    El primero “Algo va a suceder”, representa uno de los temas esenciales del poeta gaditano: la muerte vista como un espejismo que nos persigue y que vuelve a recordarnos el mundo de César Simón. Dice así: “La muerte es como el sueño, / parecida a ti: / no puede ser pensada” (vv. 1-3).
    Aparece la luz en el poema, esa luz que lo asola todo, porque nos deslumbra, siendo el verdadero nacimiento del ser, donde la muerte está ya presente: “No hay obsesión impune, ni fantasmas / que la luz no divise / sin más imperio que su voluntad, / ni otro poder que el sol que nos despoja” (vv. 5-8).
     Talens sabe que la luz lo es todo, lleva en esencia la vida y su complementaria, la muerte. Ésta viene a través del sueño, por ello, le dice a la amada: “No, no duermas. El pájaro del alba / dice que ayer no existe. No hay memoria / ni significa nada” (vv. 12-14).
       No hay pasado y todo es instante, la única forma de vivir es a través del momento, pleno de dicha. La mención al alba refleja el amanecer de la vida que deja atrás el sueño, metáfora de la muerte.
      Por todo ello, le dice a la amada, consciente de la fugacidad de todo, en plena esencia de su barroquismo, lo siguiente: “Sólo, mira / esta pasión que nos acoge, que / ha estallado, de pronto, insobornable, / como las ganas de vivir” (vv. 14-17).
       Si la pasión estalla es que hay vida, llena de esa luz que todo lo absorbe y nos redime de la muerte.
      Uno de los libros más hermosos de los últimos que ha escrito el poeta gaditano ha sido Viaje al fin del invierno (1995-1997), reflexión sobre el amor y sus sombras, pero también sobre el enigma del ser. El poeta se adentra en la introspección cuando dice: “Ciego soy / como quien ha aprendido / que esconder los ojos / es otra forma de mirar” (vv. 24-27). Y es ese mundo interior el que desvela la verdad del otro y le descubre sus propias contradicciones. El poeta reconoce su egoísmo pasado: “¿De qué materia se componen / los sueños que no tuve, / ese vivir desnudo que nunca celebré?” (vv. 38-40).
      Al final del poema es la Naturaleza la que responde a las preguntas, la que descubre que la vida reside en el acontecer, sin esperar respuestas, dejándose llevar como el paso de las estaciones transcurre sin que nada cambie el transcurso de los meses: “Quizá / sea su manera de saber que viven, / pasan de un alba a otra, / sin aceptar, sin comprender, apenas / con la delicadeza del que muere a solas, / para fingir los ritmos de un silencio / con quien comparten sueño y despertar” (vv. 50-56).
     Se refiere a los rayos de sol que iluminan la vida, saber que el enigma está siempre presente y, al igual que nuestra vida, se limitan a existir, a permanecer, hasta que llegue la muerte, extraña desposesión de toda compañía: “con la delicadeza del que muere a solas”.
     Pero quiero detenerme en un poema de este libro titulado: “El resplandor sobre la piedra”, dedicado a César Simón, un hombre que, con si inigualable ternura, cautivó la vida del poeta gaditano para siempre.
    Hay que fijarse en el lenguaje de poema, hecho de emociones, de heridas en el alma: “Golpeo / en la corteza de mis emociones / con la seguridad de quien ya no confía / en una muerte fácil” (vv. 3-6). La repetición del yo: “Digo yo”, “soy yo”, “me digo”, constata el deseo de arraigo a la vida, a una presencia corporal en que uno pueda fijarse para saberse vivo, pese al espejismo que supone la imagen de uno mismo. Talens lo sabe y ése es, sin duda, uno de los grandes temas en que se sustenta su mundo poético. La imagen no es nada, se diluye y se fragmenta sin la existencia del otro, sólo el que nos mira nos completa, dice Talens.
     La presencia de la lluvia en el poema es fundamental, fue la lluvia la que irrumpió en el mundo idílico de los niños en “El barranco de los pájaros” y la que trajo la constatación del dolor de vivir.
   También el aire se vuelve violento, no acaricia, sino que hiere: “El aire / que azotaba mi rostro, azota ahora / también mi rostro, el mismo / quién sabe, que, a lo lejos, / mira qué fue de aquella luz / de aquel enigma transparente” (vv. 20-25).
   Nada es importante ya, la vida ha dejado de tener un significado y la pasión por la escritura se convierte en jeroglífico: “Viejos papeles, notas, borradores / trazan sobre mi mesa un perfil que se me escapa / de alguien que una vez fui” (vv. 28-30).
    Sólo queda la Naturaleza, incomprensible en sus designios, pero que le produce un extraño sosiego, como si el único afán que el hombre pudiese conseguir, el verdadero, es la contemplación del mundo, lejos de ambiciones, de posibles victorias o derrotas: “Y, sin embargo, es un alivio / mirar de vez en cuando el cielo, / húmedo e incomprensible, / ahí fuera, tras de mi ventana, / sabiendo, sí, que me es ajeno, que / la espesura del tiempo no me toca” (vv. 36-41).
      Lo importante es mirar, no esperar sueños o quimeras, sino simplemente ver aquello que sigue su curso, fuera de nosotros, ya que somos prescindibles y la Naturaleza, perenne, lo sabe.
      Y me gusta mucho el último apartado, el V, cuando el poeta reflexiona sobre la locura suicida de las estrellas, condenadas a inmolarse en la luz: “Las estrellas no tienen / adónde ir, se inmolan / en la luz, puro espacio / de claridad. ¿Conocen / esa otra forma de la muerte?” (vv. 53-57).
       Nuestra vida, parece decir Talens, es tan absurda como la de las estrellas que se suicidan en su mismo espacio. ¿Acaso somos también suicidas en un mundo que se nos escapa?
       Y, desde luego, no hay respuestas. El ser humano no las conoce, el enigma de la existencia está presente siempre, sin que nadie pueda descubrir el sentido de la vida: “Estas preguntas no conducen a / nada. La noche brilla, indiferente. / Sobre la acera cruzan unos gatos / sin preocuparse por el parpadeo / de las constelaciones” (vv. 63-67).
       Los animales, ajenos al dolor humano que supone pensar, viven la inercia de su existencia, mientras el poeta, debido a su capacidad para razonar, sufre la inercia de su razón.
        En definitiva, nos dice Talens, es mejor no pensar en nada y dejar que la contemplación del espectáculo del mundo nos acune, pese a la imposibilidad de abandonar nuestra conciencia.
      Y no quiero olvidar un poema perteneciente a Profundidad de campo (1997-2000) titulado “Homenaje en espejo” y dedicado a Antonio Carvajal, lo que representa treinta años de amistad entre los dos creadores. El poema trata del tema del tiempo y a la huella que deja, lo que insiste en la idea de la hondura del poeta gaditano: “Pasó tu primavera y tu verano / pasó también como una amanecida / inconcreción. Son cosas  que la vida / nos arroja en la espalda con el sano / fulgor de un tiempo sin doblez” (vv. 1-5).
       El tiempo se marcha: “tempus fugit”, sólo queda el aroma que nos deja, el aliento que evoca. Y aparece en el poema, de nuevo, la estrella, un motivo que Talens ha cantado, ya que representa lo etéreo, lo que se difumina en el aire y, por tanto, como el sueño de la vida, es inalcanzable: “En vano / miro hacia atrás. La luz de una perdida / estrella marca el rumbo” (vv. 5-7). Sí, la vida es como una estrella, se escapa de nosotros, vuela de nuestro lado en cada minuto que se nos va.
       Y hay una parte del poema que realmente me emociona, es ahí donde surge el mejor Talens, el que aúna lo poético, la estética que conlleva su decir  y el contenido humano que lleva implícito en el lenguaje: “Líbrenos el poema de ese mal / de la nostalgia.  Antonio. Que  morimos / lo  hemos sabido siempre. En el oscuro / ángulo del salón, el lagrimal / del alba  nos extiende, si dormimos, / el cobertor de un sueño prematuro” (vv. 15-20).
     ¡Qué bella forma para comunicarnos que la muerte se aproxima, ya que, con el lagrimal del alba nos llega el prólogo de la muerte que un día (parafraseando a Cesare Pavese) vendrá y tendrá nuestros ojos.
     Y, al final, aparece el jardín, edén para César Simón y también para Talens, lugar donde el poeta fue feliz y donde supo gozar de la amistad de su buen amigo, el poeta Antonio Carvajal: “No me importó alejarme: me hizo humano / Aprendí que hay horror, y también vida, / ese otro tigre de la edad vencida / en el jardín, tan nuestro, del verano” (vv. 25-28).
      Hay que convivir con el dolor y gozar del instante de la felicidad, nos dice Talens y cierra, de este hermoso modo, un bello poema que constituye un homenaje a la amistad verdadera.
       Esa sensación de que el tiempo caduca se une al extrañamiento de la propia vida, dos temas esenciales a lo largo de su dilatada obra poética.
       Quiero terminar citando, de nuevo, a Juan Carlos Fernández Serrato y su acertado prólogo a su antología poética  Cantos rodados cuando dice: “Es curioso que un poeta de la vida, de la carne y de la acción haya desarrollado un discurso tan ligado al amor creador como lo está a la muerte, derrota final de todo afán” (p. 108).

       La respuesta no es difícil, Talens entiende la vida como un espejo, donde nos contemplamos, de un lado vivos, al otro lado, en su reverso, muertos, eterno enigma del ser que da sentido a su creación poética, de múltiples lecturas y que conlleva una hondura que aviva el interés del lector, hasta hacer de sus textos un jeroglífico de emociones, como lo es también el sinuoso camino de nuestras vidas.

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