… ante el hallazgo de los huesos del
Padre Camilo Torres Restrepo
Por Carlos Luis Torres Gutiérrez
Escritor
A raíz de la confirmación por la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD) sobre la localización e identificación de los restos del sacerdote Camilo Torres Restrepo encontrados en un mausoleo militar en Bucaramanga, Santander, y para su entrega y disposición final, se han realizado varios actos públicos y privados para recordar y recuperar la historia y la acción social del padre Camilo Torres Restrepo.
Su muerte en
combate en febrero 15 de 1966 a pocos meses de haberse unido a las filas del
Ejercito de Liberación Nacional, marcó un momento histórico para la lucha
guerrillera comprometida con ideales de justicia e igualdad social a través de
una estrategia que para ese momento se consolidaba como la alternativa válida
en América Latina, cual era la lucha armada y la táctica dictada desde las
montañas cubanas por Ernesto Che Guevara sobre que: un pequeño grupo de
combatientes, bien organizados y armados, podía iniciar un movimiento
revolucionario en cualquier país.
La muerte de
Camilo, su fotografía en los diarios, su desaparición tan temprana en la
búsqueda de un arma dijeron, librando un combate sin mucha preparación
estratégica, marcó un hecho doloroso que impactó a muchos de los seguidores del
Padre que se habían alineado con él a partir de largas jornadas de predica en
plazas de ciudades y pueblos, y desde el púlpito, en misas en iglesias
improvisadas y en la capilla del “Cristo maestro” de la Universidad Nacional de
Colombia, donde era capellán y seguido por las juventudes universitarias que recibían
sus enseñanzas, aprendidas y meditadas durante su vida de seminarista, sacerdote
(1954) y Sociólogo en 1958 en la Universidad Católica de Lovaina.
Unir el marxismo
con la religión católica no fue una idea ligera, fue elaborada sobre lecturas
de teóricos, largas conversaciones en las mesas estudiantiles de Lovaina (su
tesis doctoral, “Una aproximación estadística a la realidad socioeconómica
de Bogotá”) y luego confrontadas con su participación en la organización de las
Juntas de Acción Comunal y su trabajo en el Instituto de la Reforma Agraria
(Incora) como miembro de su Comité Técnico, lo decidieron a emprender la lucha
armada como la única salida para la toma del poder en Colombia.
Su muerte en
1966 lo convierte en un héroe, en un mártir, en un misterio, en un polémico
tópico para los movimientos revolucionarios de aquella época. Varios textos se
han escrito sobre Camilo, canciones en su homenaje sonaron y suenan en el mundo
cuando se habla del cambio social en Latinoamérica. La biografía escrita por
Orlando Fals Borda “Camilo Torres: el sacerdote guerrillero”; la biografía
novelada de Walter J. Broderick “Camilo el cura guerrillero”; el análisis que
realiza Olga de Caycedo “Camilo Torres o la crisis de madurez de América” hasta
el nefasto libro escrito por Álvaro Valencia Tovar (acusado de ser uno de los
responsables de su muerte), forman parte de la publicaciones múltiples, además
de la edición de sus “ ensayos apasionados” así titulado por Francisco
Jaramillo, por ejemplo.
El hallazgo de
sus huesos, la confirmación que efectivamente corresponden a los restos del
sacerdote Camilo Torres Restrepo, han hecho resurgir a los 60 años de su muerte,
un volver a pensar y a decir su vida y su ideal de justicia e igualdad social.
La pregunta importante por hacernos en este momento, por lo ya dicho, es: ¿cómo
debemos los colombianos resignificar la imagen de Camilo? Este héroe, como
otros que ha tenido este país, comenzando por Bolívar muerto en Santa Marta, posteriormente
Luis Carlos Galán asesinado en Soacha, por ejemplo, debe hacernos pensar de qué
manera podemos reconceptualizar a Camilo Torres muerto en combate en Patio
Cemento. Requiere este último, de un proceso de resignificación de la imagen,
de recuperación de sus enseñanzas sociales, un proceso asertivo, actualizado a
la nueva realidad de Colombia 60 años después. Aspecto que no hemos empezado a
realizar y requiere no únicamente sentimiento, sino una transvaloración a un
presente de un país que desea la justicia y la igualdad social.
* * *
El pasado 25 de febrero de 2026, en la capilla Cristo Maestro de la Universidad Nacional, donde Camilo Torres Restrepo fue el capellán y donde hoy descansan sus huesos, se convocó un evento de lectura poética “Poesía sin fronteras” coordinado por Lilia Gutiérrez Rivero y al cual fui invitado junto a la(o)s poetas: Luz Mary Giraldo, Patricia Ariza, Carlos Satizábal, Iván Beltrán, Carlos Alberto Merchán, Alejandro Cortés y Carlos Luis Torres.
Este evento fue importante para mí, no solo por los inigualables amigos poetas invitados, sino que me permitieron contar, tal como dije al comenzar a hablar, que: "... conocí a Camilo Torres Restrepo cuando yo tenía 10 años, mi padre era su conductor en un taxi color rojo en la pequeña ciudad de Bucaramanga, cuando Camilo arribaba por aquella época. Desayunaba en casa con otros amigos y madre servía el "caldo con huevo", típico de Santander, allí conocí a Camilo... dije también, haberle preguntado el domingo pasado a madre, hoy con 96 años, si lo recordaba y ella dijo apenas un: "sí, a Camilo sí"...
También lo dije de lado, que esta experiencia de infancia de ver a Camilo Torres Restrepo, lo registré en una novela mía Entre la espera y en miedo publicada por SIC Editorial en el año 2004 y cuyo segmento copio aquí, porque este, creo, contribuye hoy a la recuperación de su memoria y refuerza la necesidad de ese proceso de resignificación que he mencionado, va:
Apartes de Entre la espera y el miedo
Por Carlos Luis Torres
"En la fotografía el rostro de Camilo Torres muerto es muy similar al rostro de Guevara. Ambos con los ojos abiertos, barbados, la boca reseca y el uniforme de guerra. Esta fotografía que tengo frente a mí, tomada ese 15 de febrero de 1.966 en Patio Cemento, horas después de su caída en combate, me recuerda la voz de mi padre todos los días durante muchos años, fui el conductor de Camilo, cada vez que venía a la ciudad pedía el carrito rojo y Camilo se sentaba con otros a hablar de luchar contra las injusticias, me decía; al año siguiente, me decía, fui el conductor de Camilo...
Una mañana mamá servía ese “caldo” característico de la comida típica a los amigos invitados de mi padre. Yo era muy chico, tanto así que cabía por debajo de la mesa y desde allí contaba las piernas de los hombres sentados y los chicles pegados bajo la tabla, cuando vi una mano que cuidadosamente le entregaba un arma a uno de ellos. Al lado de la cabecera de la mesa estaba Camilo y junto a él Iván Calderón, un muchacho bajo, delgado, moreno, muy silencioso que también murió en combate. Años después, yo grité en la calle ese ¡Iván Calderón! ¡Presente!” y recordé aquel día a mi padre llorando sobre la mesa y nosotros no entendíamos por qué él lloraba en una mañana de martes.
Por aquella época el aeropuerto de la ciudad estaba dentro de ella. Hoy como en todas las ciudades del mundo queda a varios kilómetros. Recuerdo que mi padre me trepó sobre sus hombros para que yo viese por encima de las cabezas que esperaban el vuelo del medio día. Me indicó con su brazo, ese es Camilo Torres. Aún no he podido olvidar aquel nombre, ni aquel rostro, ni aquella mano, que recorrió de joven las callejuelas, los inquilinatos, las escuelas, el pavimento húmedo y gris de esta ciudad desdentada y sin borde, donde el principio y el final sólo existen como una lágrima.
Treinta y seis años después todo sigue igual. El habitante urbano secó con el dorso de la mano su mejilla y abrió la ventana: llueve, llueve sobre los tejados y a lo lejos los autos se deslizan húmedos y los árboles gotean y los hombres, bajo sus paraguas, saltan los charcos de las calles y las bocinas suenan sordas mientras los vendedores de periódicos de los semáforos gritan el diario de hoy viernes 15 de febrero, donde no se hace mención alguna a esa muerte." ("Entre la espera y el miedo", SIC Editores, Bucaramanga, 2004)
Carlos Luis Torres Gutiérrez, Escritor
Bogotá, febrero de 2026




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