martes, 12 de mayo de 2026

"Huaraz" poema de Pedro Granados

 



 

“Huaraz” de Pedro Granados

 

Lugar de la desolación

 Y de la arrechura

 Ungüento muy pálido

 Sobre los pelados cerros

 Un fuelle ambicioso

 Sin embargo

 En el trajín del río

 Y el fluir de mis venas

 De mis recuerdos

 De mis imaginaciones más bien

 Sobre las mismas calles

 Donde caminara mi padre

 Donde acaso se detuviera

 Ante aquella exuberante muchacha

 Y se adentraran juntos hacia la espesa retama

 Nada es verdad sino el espíritu de los Andes

 Pero ninguna de sus estampas

 A todas alcanza el ratón

 Fuera de los cromos

 Los seres humanos sudan y huelen

 Y la mayoría no la pasa muy bien

 Ni el Sol mismo

 Que ya no ve las horas de ocultarse

 De tanto esperar por alguien que se lo lleve

 Arranque de una vez del cielo

 Plataforma remota y tan impotente

 

 © Pedro Granados, 2026

 

 

HUARAZ: EL SOL BAJO EL ASFALTO

 

En estos versos de Pedro Granados, Huaraz deja de ser la “Capital del Trekking” para convertirse en el escenario de una pulsión primordial: el nexo entre la desolación y la “arrechura”. El poema opera como un lente que retira el barniz del turismo para revelar la piel verdadera de los cerros, descritos aquí como pelados y ungidos por una palidez que parece más una enfermedad del paisaje que una luz celestial. Es en este espacio donde el “fuelle ambicioso” de la respiración o el deseo se enfrenta a la aridez de la geografía. 

Sin embargo, el poema no se queda en la superficie mineral. Se sumerge en el río de las venas y de la imaginación para reconstruir una genealogía posible. El yo poético camina sobre las huellas del padre, pero no busca una verdad histórica, sino una mítica y deliberada: la imagen del progenitor perdiéndose en la espesa retama con una muchacha exuberante. Es un acto de fe poética donde lo único real es el “espíritu de los Andes”, aunque este espíritu se encuentre ya lejos de las estampas y los cromos idealizados que el “ratón” del tiempo termina por roer. 

La mirada se vuelve existencial al denunciar que, detrás de la postal, los seres humanos sudan, huelen y padecen. El cierre es magistral: ese Sol que “ya no ve las horas de ocultarse” no espera el olvido, sino la apropiación. Al pedir que alguien se lo lleve y lo arranque de esa “plataforma remota y tan impotente”, el poema clama por el fin del Sol como Totem ausente. Es una invitación a que el individuo se apodere del astro, lo baje a su propio corazón y lo rescate de su fijeza remota. Aquí, la impotencia del cielo es la virtualidad de Inkarrí: un dios que está vivo y cuya “apetencia” solo se sacia cuando se funde con el trajín del río y el flujo de las venas. El Sol bajo el asfalto no es un sol muerto; es un sol que espera ser, finalmente, humano. 

 Ignacia Augusta, 2026

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